miércoles, 26 de abril de 2017

La próxima gran cosa


A últimas fechas el crecimiento de la publicidad en medios digitales se ha hecho evidente. Agencias, marcas, industrias giran hacía la pauta digital dejando de lado los medios tradicionales. Algunos gurús venden esta idea como una profunda transformación en los hábitos sociales, otros se vanaglorian de los esfuerzos de sus agencias para encontrar la creatividad correcta. Unos más hablan de la importancia que tienen los medios digitales en la vida diaria. Lo que sigo sin encontrar es quién simplemente hable de la migración, cada vez más definitiva, de las audiencias.

Durante mucho tiempo la televisión, la radio y los periódicos impresos gozaron del favor de las audiencias. Actualmente estos medios han visto caer sus ventas, sus impactos y sus usuarios en una espiral constante que genera optimismos desenfrenados cuando cruza por el norte y pesimismos suicidas cuando cruza por el sur. En los últimos diez años distintos medios se comenzaron a preguntar si la migración de las audiencias ocurría y si dicha migración llevaba consigo la autoridad moral de ser quien te dice qué y en donde comprar (Toc, toc, amigos del libro ¿les suena conocido el concepto?). En muchos casos los medios consintieron la idea de que compartirían las audiencias con medios digitales pero pusieron en duda si esos medios algún día tendrían líderes de opinión lo suficientemente sólidos para robarles la autoridad moral con la que fundaron su imperio en el siglo XX.

El crecimiento de la efectividad en la publicidad digital no proviene de la sagacidad de las agencias o marketeros modernos. Proviene de la ineludible realidad que trae consigo la innovación. Tarde o temprano pasas de joven rebelde a viejo obtuso. A fuerza de presencia, la publicidad en medios digitales se ha ido colocando como un objeto ineludible al tiempo que pasamos frente a una pantalla interactiva. La monopolización de las audiencias por parte de Facebook, Twitter, Snapchat, Youtube, Google, Netflix, Spotify, comienza lentamente a revalorar la posibilidad de que tarde o temprano alguien será susceptible a la influencia de la publicidad digital.

Pero lo que me parece particular de todo esto es que en realidad los grandes medios digitales encontraron en la estabilidad la respuesta a sus problemas. El día en que cada uno de los antes mencionados determinó su propia personalidad o bien abrazó la personalidad que le fue atribuida por sus usuarios comenzaron a madurar como medios que traían consigo una base considerable de posibles clientes. El día que Facebook asumió que sería el instrumento de conexión entre personas que supuestamente se conocen, el día que Twitter aceptó ser el vehículo de la inmediatez, que Youtube reconoció que era el rey de los 3 minutos de ocio y que Spotify se reconoció como el futuro de la radio las audiencias comenzaron a poner atención y dejaron de considerar estos medios como un elemento fugaz en la veloz e impredecible internet.

La idea de la “próxima gran cosa” constituía medios inestables, medios inestables traían consigo medidas poco fiables y las medición falible trajo consigo nerviosismo por parte de los anunciantes y agencias. La televisión siempre fue televisión, la radio siempre fue radio y los medios impresos siempre fueron impresos. Esa estabilidad permitía proponer esfuerzos de mediano y largo aliento que trajeran consigo resultados regulares a los anunciantes. Era fácil de vender y fácil de observar aunque las mediciones siempre fueran un asunto bastante arcaico y obsoleto. Sólo hay que observar el ejemplo de Nielsen e Ibope. Hoy la “próxima gran cosa” se ve complicada, los espacios están reducidos y las audiencias comienzan a desarrollar cierto tipo de fidelidad por los digital ventures. La identidad que un usuario construye con su medio es en mucho sentido la base más importante de la publicidad. Si A dice que compre X eso garantiza que X es fiable porque A es serio. Por eso el día que los productos milagro empezaron a llenar la pauta en televisión los medios digitales vieron su ventana de oportunidad y empezaron a trabajar en construir o aceptar esa identidad de “autoridad moral” que es tan atractiva para las marcas.

El índice de publicidad basura, anuncios truchos y demás joyas que trajo consigo la publicidad en medios tradicionales se encontrará muy pronto, más o menos en la misma proporción, en los medios digitales. Más o menos la misma cantidad de agencias, publicistas y marketeros sobrevivirá en el futuro digital, probando una vez más que vender no se trata de ser creativo, vender se trata de estar donde la gente se hace susceptible a tu mensaje. Hoy la tendencia parece irreversible, es más, vamos a dejarnos de tibiezas, la tendencia es irreversible. Las televisoras se transforman, los periódicos dejan de imprimir y la radio se convierte en el paraíso de las noticias. Algunos fueron listos y utilizaron estos diez años para explorar el mercado digital y seguro encontrarán su lugar, otros compraron los balbuceos de los gurús y hoy consideran reestructuraciones y diversificación como su futuro. 



Lo único que trae consigo esta transformación es que la diversidad de medios digitales no va a la baja. A pesar de que será difícil encontrar la “próxima gran cosa” es cierto que internet es un terreno mucho más susceptible al cambio que los medios tradicionales. También hay un nuevo factor importante que se llama “estadística” donde casi todos los medios digitales ofrecen a los anunciantes y agencias herramientas (más o menos precisas) para entender el alcance de sus inversiones. Muchas de estas “estadísticas” pueden ser modificadas o presentadas de distintas maneras según lo que se quiera vender, pero la realidad es que el simple hecho de que estos datos existan en un dashboard visible para el cliente cambia la situación de los departamentos de marketing. Si es que asumimos que los departamentos de marketing tiene alguna tendencia a cambiar y no prolongarse como un montón de pájaros en el cableado de la ciudad viendo como las migajas caen y no caen.

Lo único que vale la pena entender de todo esta situación actual es la posibilidad que esta transformación trae consigo, así como hace 10 años debimos empezar a explorar el futuro de los medios digitales hoy es importante empezar a explorar el futuro de las audiencias digitales. Entender que los espacios de atención, consideración, relevancia, lealtad y compra irán cambiando conforme la estabilidad de los medios cambie, estar preparado para un futuro más rápido, menos dócil, sin olvidar que un poco de calma a veces está bien. A veces.

miércoles, 19 de abril de 2017

Pepe Grillo y el Adaptador eléctrico




“Confidence is ignorance. If you're feeling cocky, it's 
because there's something you don't know.”
Eoin Colfer, Artemis Fowl


El mundo del libro se divide esencialmente en dos tipos de tropa. La primera sostiene todo en su lugar y evita el desplazamiento que podría traer consigo algún alud vertiginoso que genere algún tipo de cambio. La segunda tropa elige, casi anualmente, una serie de “cisnes negros” que cimbrarán a la primera tropa y nos someterá al raudo y enérgico látigo del cambio.

Lo más gracioso sobre la existencia de estas dos tropas es que normalmente utilizan el mismo armamento, los mimos vehículos y hasta los rangos. Son el mismo ejército, pues. Después de pasar algunos años viajando por el mundo, persiguiendo el Santo Grial del libro, llegué a un par de muy sanas conclusiones: uno, jamás uses el roaming de tus datos y dos, siempre averigua si necesitas un adaptador para los tomacorrientes de cualquier lugar que visites. En realidad todo lo demás que aprendí en esos viajes es secundario y si me toman las prisas, está subordinado a estos dos grandes aprendizajes.

La realidad es que por muy modernos que vamos cada país tiene sus propias reglas en términos de comunicaciones y se deben respetar, a riesgo de volver a casa y encontrarse una factura que supere el costo del avión y hospedaje del viaje anterior. ¿La solución? Simple. Aterrizas, buscas un lugar donde te vendan un chip local, pagas una cantidad de dinero que casi nunca supera el costo que tendría en México y cuando enciendes el teléfono le dices al Whatsapp que quieres conservar tu número local.  Simple y llanamente tienes un teléfono económico, normalmente con datos y mantienes el 85% de tu comunicación diaria. Porque si su comunicación diaria pasa más del 15% por afuera del Whatsapp algo están haciendo mal. ¿Cuál es la lección? En cualquier situación lo más importante es reconocer las reglas locales antes de tratar de implementar soluciones que puedan alterar el ecosistema.  Si lo quieren en términos más librescos es más simple, una librería tiene que tener libros a la venta y todo lo demás es puro adorno.

¿A qué viene esto? Últimamente han empezado a proliferar las librerías de segunda mano. Sobre todo en el mercado europeo han encontrado la manera de revalorar libros usados para reinsertarlos a un mercado que no depende única y exclusivamente de la nostalgia o el coleccionismo. En Latinoamérica las librerías de  “viejo” llevan años ocupando un espacio interesante en el mercado, hay calles completas de este tipo de locales que se consideran guaridas de piratas donde se reservan grandes tesoros para aquel con el tiempo y la paciencia para encontrarlos.  Estas librerías normalmente compran por volumen librerías de gente que muere o que ya no tiene suficiente espacio y después los colocan a la venta a precios aleatorios pero casi siempre lo suficientemente pequeños para ser asequibles y atractivos. En mi caso recuerdo que si no hubiera sido por estas librerías me hubiera perdido “El Cuarteto de Alejandría” que pasó más de diez años agotado en librerías sin que se reeditara o reimprimiera. Así miles de lectores en los países de América Latina generaron un vínculo con las librerías de viejo, con el tiempo una buena parte de estos lectores empezaron a tener ingresos de otro tipo y reservaron sus viajes a estos templos del polvo y papel para encontrar ediciones especiales o rarezas fuera de circulación.

Ahora bien, alguien tuvo la ocurrencia de que si pones esos libros en mejores locales, con mejor iluminación, atención y hasta un poco de marketing directo podrías revalorar un negocio que hasta ahora parecía destinado al oscurantismo. ¿Lo sorprendente?  Funciona. ¿Por qué? Porque son libros en una librería y están baratos. ¿Lo ilógico? Hay un segmento de la industria ofendido por la ocurrencia de poner a circular estos libros otra vez en competencia con las novedades y fondos editoriales recientes. ¿Lo ridículo? Una industria que lleva colgada de la nostalgia del papel para justificar su reticencia al cambio tecnológico ahora se ofende porque alguien más nostálgico quiere un pedazo del pastel. En pocas palabras, alguien usó su roaming de datos y ahora llama furioso a la compañía telefónica para que le expliquen porqué tiene que pagar el costo de un auto pequeño por usar su teléfono en otro país. Peculiar el caso, pues.

Ahora, el segundo caso que quiero tratar es todavía más extraño porque me recuerda a la forma de alimentación que tienen las vacas. Los bovinos no mastican y tragan, como nosotros. Los bovinos mastican, vuelven a masticar, le dan una masticada y después lo tragan. Regurgitan en pocas palabras. Una de las cosas más ridículas que existen en el siglo XXI, junto con la diferencia entre los sistemas de medidas, es la tropicalización de los tomacorrientes. ¿Qué quiere decir? Simple, un tomacorrientes en México no es igual a uno en Argentina y tampoco es igual que uno en España. Si tratas de conectar el cargador trifásico de tu MacBook en Buenos Aires te quedarás intentando, al igual que en Madrid, Roma o Brisbane. En realidad si viajas a estos lugares o vienes de estos lugares tienes que comprar un adaptador eléctrico que te permita conectar tus aparatos. Siendo honestos esta tiene que ser una de las tres ideas más estúpidas en la historia de la humanidad, quizá sólo superada por la venta de cerveza en estadios de fútbol o la libre portación de armas en Estados Unidos.

La lógica detrás de semejante estupidez me es desconocida, supongo que proviene de alguna época donde algún sentido de identidad nacional se podía expresar en fastidiarle la vida a la gente que viaja. El precio de ser turista supongo. Lo que realmente me sorprende es la cantidad de empresas que seguramente viven de vender estos adaptadores, porque déjeme decirle, en ningún lugar son baratos. He llegado a pagar 20 euros por un pedazo de plástico que reacomoda las pijas de mis aparatos para poder enchufarlos. Genios, sin duda.



El asunto aquí tiene un factor económico que si bien no cambia el futuro de las tasas de interés si genera un sobre precio absurdo en la producción de aparatos eléctricos para los distintos lugares del mundo. Un fabricante de microondas que aspira a ser global, y si no aspira a ser global en realidad creo que nunca le compraría un microondas, tiene que invertir en clavijas independientes para cada uno de estos lugares; peor aún, si la demanda en alguno de estos sitios supera la de otros no puede mover libremente el electrodoméstico sin tener que hacer el cambio de clavija. Es decir sus propios inventarios están limitados por la existencia de una limitante que no tiene ningún sentido. Supongo que si compites en el mercador de electrodomésticos los centavos que puede costarte hacer el cambio y su posterior certificación a la larga deben generar un conflicto financiero de mediano tamaño para el fabricante. Pero pues el asunto es así, si quieres vender en Sudamérica lavadoras mexicanas tienes que cambiar la maldita clavija y no hay una sola cosa que puedas hacer con eso.

Lo mismo me ocurre con la idea, proliferante y más usada que un par de zapatos favoritos, de los audiolibros. Específicamente con la idea de que los audiolibros son una solución para la caída de ventas de libros a nivel mundial. Por principio analicemos algunos de los problemas del libro que se sólo se multiplican si consideramos el tránsito a los audiolibros. Por principio los presupuestos para la producción de los libros no hacen sino bajar. Cada día son más las editoriales que buscan papeles más baratos, cartulinas chinas, inversiones de marketing globales y no particulares, cada día hay menos correctores, lectores, revisores, diseñadores, maquetadores, dibujantes, editores y vendedores involucrados en la creación de un libro. Si bien la tecnología ha ido disminuyendo estos costos aún así los editores saben que encontrar el punto de equilibrio cada día se parece más a que te cueste menos hacerlo que a venderlo más.

También es conocido el problema de la “tropicalización” cada día los lectores exigen que más que los libros estén tropicalizados a su forma de hablar y expresarse, el famoso problema de las tías y las pollas que en Madrid no se entiende pero que es una queja generalizada de este lado del charco. Este fenómeno no sólo ocurre en esta relación, también los lectores estadounidenses se niegan cada día más a encontrar libros escritos por británicos que no han sido sometidos a un tratamiento estético por parte de los editores locales. Este es un problema que si bien escrito es incómodo hay que reconocer que fonéticamente hablando es insoportable y en muchos casos ilegible. Actualmente una buena parte de las series, caricaturas, películas y programas que se producen en el mundo encuentran complicaciones para moverse en el mercado hispano por los continuos costos de doblaje, producción y montaje. Hay casos célebres (el último quizá una película sobre Yu-Gi-Oh) en los que los fanáticos de alguna caricatura tratan de boicotear la exhibición de algún ejemplo de la misma que no cuenta con las voces “originales” que provienen del doblaje. En fin, la tropicalización es un problema específico que se manifiesta mucho más en los mercados más jóvenes de lo que se manifestaba en los segmentos más maduros (por no decir viejos) del mercado.

Hacer un audiolibro es costoso, hacerlo bien al menos. Para esto se requiere un “adaptador” que esté familiarizado con la obra que se va a grabar, un director, un productor, un editor, al menos un locutor, horas de estudio, horas de postproducción y finalmente la comercialización que no es cosa fácil porque aún ahora los audiolibros tienden a ser archivos pesados y difíciles de mover. Esto es sólo para generar un producto terminado, después hay que esperar a que dicho producto terminado reciba suficiente promoción, distribución y que al final la gente que está dispuesta a comprarlo pague el precio final. Hagamos un ejercicio simple, Infinite Jest de David Foster Wallace cuesta 45 usd en Audible (servicio de Amazon para audiolibros), 23 usd en edición de papel y 9 usd en edición de Kindle. Probablemente se deba al volumen de la obra, veamos pues otro caso, Inferno de Dan Brown tiene un costo de 21 usd en audiolibro,  8.50 usd en papel y 7.70 en edición Kindle. La primera pregunta en este caso será, ¿por qué tomar Amazon como punto de referencia? Bueno, esto es simple, Amazon es el único servicio que actualmente garantiza la calidad de sus audiolibros y que tiene un sistema viable (por suscripción) para poder acceder a este contenido, así también es el único que tiene el libro en físico y en una edición digital igualmente garantizada en su calidad contra una política más que adecuada por devolución.

Los audiolibros son el lujo en el mercado del libro. Actualmente el costo de uno es casi el triple y, a diferencia de un libro digital o en papel, tiene el problema de un locutor que puede no ser profesional, un anotador que puede no haber hecho bien su trabajo y un productor que puede estar experimentando en este segmento y que nos dejaría con un producto derivado de segunda sobre una obra de primera que hemos pagado como si fuera hecho de oro macizo. Un riesgo incontrolable para los lectores actualmente. Ahora bien, si hay un lugar en el mundo donde los audiolibros funcionan este tendría que ser el mercado sajón, ya quisiera yo ver a un mexicano escuchando de pollas, un argentino escuchando de chingones, un chileno escuchando de pibes y un español tratando de entender un hueón en la pura y llana fonética de un locutor que por muy profesional que pueda ser tendría que adherirse a la verbalización de una palabra que puede resultar menos agresiva de manera escrita.

Es complejo, supongo, seguir buscando respuestas a una pregunta lúgubre. Pero me queda claro que ni la industria de los electrodomésticos apuesta por los adaptadores eléctricos, ni los usuarios de datos en móviles se hacen a la idea de pagar los costos de roaming por el esto de sus vidas. Entonces pues, ¿por qué la tropa del libro sigue intentando sacar agua de las piedras? No lo sé, pero seguro podríamos ocupar nuestro tiempo haciendo algo mejor.



jueves, 30 de marzo de 2017

No es porno, idiota


Si tenemos que definir la palabra más importante de la primera década del siglo XXI esta tendría que ser: patentes. Las patentes, el conjunto de derechos exclusivos concedidos por un estado a un inventor sobre la comercialización de su invención,  son el fundamento de las economías más importantes del mundo. Son de hecho las patentes el verdadero divisor del primer y el tercer mundo, lo sé porque escribo esto desde el tercer mundo y a mi alrededor no hay nada que no esté patentado por una empresa surgida en el primero. Cigarrillos, encendedor de gasolina, bicicleta de velocidades, vaso de café, mochila, cenicero, mesas, sillas, ordenador, smartwatch, smartphone, absolutamente todo esto tiene una patente y esa patente no se registró en mi país. 

Las patentes fundaron países, hasta que los países les quedaron pequeños a los dueños de las patentes y entonces empezaron a fundar imperios. Si hacemos una excepción con China, porque siempre hay que hacer excepciones con China porque son muchos chinos y sólo ellos podrían poblar un planeta, las empresas más relevantes del mundo tienen una sola cosa en común: patentes. Lego, Google, Apple, BMW, Roche, Hewlett Packard, forman una lista diversa en el objeto final de su negocio pero mantienen la estirpe de las patentes como su fortaleza más grande. Cuándo Google compró a Motorola no estaba comprando un fabricante de hardware, estaba comprando un portafolio de patentes que le permitiera dirimir sus diferencias legales con Apple.

Durante años la guerra de patentes fue ignorada por los analistas económicos, centrados en las viejas bases del comercio donde el que tuviera el producto mejor distribuido y la fuerza de ventas mejor capacitada, se ignoró la importancia del derecho a fabricar, construir, crear nuevos productos que no infringieran el derecho de alguien más. Durante años las empresas más relevantes se dedicaron a comprar, vender, adquirir, desaparecer, ignorar, guardar patentes que les permitirían en el futuro no tan lejano convertirse en verdaderos gigantes corporativos. Apple, Google y Microsoft tienen años peleando en las cortes el derecho de uno u otro a usar tecnología patentada. Ante cualquier duda escriba patente, Google, Apple en su computadora Apple que usará el buscador de Google y vea la cantidad de resultados sobre dichas demandas.


Actualmente el intercambio de pagos sobre patentes entre las empresas de software y hardware en el mundo supera en algunos casos la venta directa de sus propios productos en una buena parte de las empresas dueñas de dichas patentes. Sobran los estudios sobre el problema ético del uso y compra de patentes en el mundo, pero esto es porque sobran los estudios sobre la ética en cualquier cosa que tenga que ver con este nuevo imperio llamado “Corporativismo”.


Hoy en día la palabra “pendiente de patente” aparece en miles de productos que salen al mercado. Esto no se debe a la inexperiencia de los departamentos legales de estas empresas, al contrario, están pendientes porque sus solicitudes necesitan ser analizadas cuidadosamente por los que otorgan las patentes para evitar que ideas tan básicas como “juguete para perro” queden patentadas por un particular generando que cualquiera que use un palo para jugar con su perro en el parque se vea demandado en un futuro inmediato. El sistema de patentes en el mundo se ha convertido en el Beirut de las corporaciones, demandas, contrademandas, solicitudes, suspensiones, todo tipo de acciones legales giran alrededor de este universo. En pocas palabras, hay abogados porque siempre habrá demandas.

Pero las patentes vencen y cuando una patente vence esa tecnología puede ser usada libremente sin tener que negociar con el dueño de la patente. Es importante aclarar aquí que la parte fundamental de este sistema no es pagar por la patente que vas a utilizar, en realidad se trata de exclusión financiera donde el dueño de un derecho le pone un precio inaccesible a su derecho para que nadie pueda usarlo. Esto se llama exclusividad y la exclusividad es posiblemente la piedra angular de los imperios corporativos. Hace un par de años se inicio una de las guerras de patentes más importantes para la vida ordinaria de la clase media en el mundo. La patente para las cápsulas de café venció y el imperio de Nestlé en ese mercado empezó a tambalearse. Súbitamente toda cafetera que trabaje con cápsulas se convirtió en una herramienta pública dejando de lado la relación monógama que antes mantenía con su fabricante. ¿En otras palabras?  El consumidor podía elegir el insumo basado en su calidad y no en una relación comercialmente limitada por el dueño de la patente de las cápsulas. ¡Eureka, tierra a la vista!

Si bien antes existían cafeteras para cápsulas de X, con cápsulas fabricadas por X, rellenas del café exclusivo de X, súbitamente el vencimiento de la patente generó la creación de la industria de las cafeteras de cápsulas, de los fabricantes de cápsulas y, en algunos casos, los cosechadores de café también pueden entrar al negocio de estas maquinitas. No hay que olvidar que X ganó miles de millones de dólares durante años gracias a su patente. No hay que olvidar que sin esos miles de millones como incentivo probablemente no tendríamos la mitad de los desarrollos tecnológicos que hay hoy en día. Pero lo más importante que no podemos olvidar es que la exclusividad monopoliza la economía y desincentiva la aceleración tecnológica.

La guerra de las cápsulas de café parece no ser importante para la gran visión del mundo así que saltemos a un tema más al alcance de la mano. En 2002 y ante el auge de la alta definición en los contenidos audiovisuales, Sony lanzó al mercado el Bluray. Casi al mismo tiempo Toshiba decidió lanzar el HD-DVD. En realidad ambos formatos físicos cubren la misma necesidad, pero el formato ganador de esta batalla traería miles de millones de dólares a la empresa que lograra imponerse. No era esta la primera batalla por el formato de audiovisuales caseros, años antes se enfrentaron Betamax y VHS por el reino de las películas para ver en casa.

La batalla entre Bluray y HD-DVD fue la primera transmitida en tiempo real gracias a internet, durante meses se discutió en foros y chats sobre la posible victoria de uno y de otro, en realidad era un partido de futbol que fue jugado en la mente de los aficionados. Con las baterías de las consolas de videojuegos, Playstation con el Bluray y Xbox con el HD-DVD, puestas a disposición de la discusión se lanzaron argumentos a favor y en contra de cada uno de los formatos. Ingenuamente los interesados pensaron que tenían alguna influencia en la decisión final, pensaron que si esa discusión se hubiera tenido en los 80’s habrían podido salvar a Betamax  o acelerar el imperio de VHS. Estaban equivocados, las batallas por los formatos de consumo de audiovisuales se libraba en bodegones en Los Ángeles donde el jugador más importante mantiene un imperio en la oscuridad y la legalidad: el porno.

El mayor consumo de formatos físicos para audiovisuales no estaba en manos de Hollywood o de las consolas de videojuegos, en realidad el rey de estos formatos es la industria del Porno que aún no veía en el internet a su peor enemigo. A diferencia de lo que se pueda contar en algunos medios, la batalla no se ganó cuando Playstation instituyó el Bluray o cuando los estudios más importantes de Hollywood lo adoptaron, la batalla se decidió cuando la industria del porno decidió tomar este formato y hacerlo un estándar en su distribución. Es extraño pensarlo, pero si se le suma que el 30% aproximado del tráfico en internet va a parar a sitios de porno gratuito se ve la conexión más clara entre la importancia del contenido y el formato.

Las patentes generan exclusividad, la exclusividad se interpreta a través de formatos y los formatos son un enorme dolor glandular en los usuarios porque cifran la batalla en los impedimentos y no en la calidad del producto que se desea consumir. Hay cientos de batallas de este tipo ocurriendo a nuestro alrededor todo el tiempo: flash vs html5, mp3 vs acc, Windows vs Linux y así hasta el cansancio. Tras la era de las herramientas (Siglo XX) llegó la era de los contenidos (Siglo XXI). En un mundo ideal se podría escuchar una canción de iTunes en cualquier reproductor de música, se podría jugar un juego de la Xbox o de la Play en cualquiera de las dos consolas, HD-DVD y Bluray hubieran tenido que ser compatibles, gasolina o diesel sería una elección del usuario pero la realidad es que en este mundo corporativo el valor está en exprimir la exclusividad hasta el hartazgo y después enterrar la innovación cuando por fin está en manos del usuario. Lo más curioso de esta situación es que su principal afectado es al mismo tiempo la única fuente de ingresos de esta situación.  Si la gente hubiera decidido no comprar teléfonos celulares a ninguna compañía que los vendiera bloqueados para usarse con un competidor esa política hubiera cambiado inmediatamente.  Tomemos el iPhone como ejemplo, Apple entendió rápidamente que para traer usuarios a su verdadera base financiera, la venta de contenido, tenía que permitirle a los usuarios cambiar de operador telefónico a su placer. Por eso los iPhones están en las tiendas de Apple, no es un asunto de márgenes en retail, es una declaración de principios desde Cupertino para aclararle a las grandes compañías de comunicación que su tiempo ha pasado.

Desafortunadamente la industria del libro no sabía nada de esto, el libro es tan viejo que no había ninguna patente trascendente sobre su fabricación, edición o distribución y cuando el cambio de formatos llegó nadie supo qué había que proteger. La verdadera incomodidad del mundo del libro electrónico no proviene del intercambio de formatos, las editoriales no tienen ningún interés entre el formato físico y digital o al menos no debería tenerlo. Lo que realmente genera disgusto en la industria editorial es que los formatos digitales no le pertenecen y que al no tener injerencia alguna en ellos se desequilibra la balanza.

Amazon no lanzó el Kindle buscando dominar el mercado de dispositivos, el negocio del hardware por si mismo no le sirve a nadie, si hay dudas sobre esto sólo hay que mirar al Reader de Sony que tecnológicamente era superior pero cometía el mismo error que Sony lleva años cometiendo, no comprometía el contenido al dispositivo. Amazon lanzó una herramienta para justificar la existencia de su formato, la costeo y la vendió con márgenes ridículos para garantizar la relación entre su formato y su dispositivo. El Kindle no es un eReader, el Kindle es un contrato entre el lector y Amazon que garantiza el negocio de la transnacional al coste de la experiencia del usuario. Aquí vale la pena hacer un paréntesis, hay que reconocer que Amazon se tomó la molestia de generar un gran contrato, el mejor contrato posible si se está en la búsqueda de este tipo de relación.

Amazon no “pierde dinero” con cada Kindle. Amazon apuesta a que el contrato entre el usuario y su empresa será duradero y que a la larga compensará el margen que no obtienen del hardware que representa dicho contrato. Las editoriales, algunas antes y otras después,  súbitamente descubrieron que ese contrato originalmente era suyo y que aunque no se sustentaba en la exclusividad garantizaba que la infraestructura que habían creado en sus empresas les aseguraba mantenerse en el juego a largo plazo. Mientras hubiera papel el campo de juego era la inversión, el que tenía más dinero podía asegurarse la mayor parte del mercado. Si el papel no el contrato queda invalidado y el campo de juego se convierte en otra cosa, un poco más compleja, pero en realidad mucho menos amigable a la participación de distintos jugadores.

La batalla del cambio de paradigma del libro no es una que tenga que ver con el papel o digital. Es una batalla por la patria potestad del contrato con el consumidor. Es una batalla por la supervivencia de enormes compañías que desarrollaron una infraestructura que súbitamente parecía intrascendente, para algunos como yo aún lo parece. La oposición de los grupos editoriales a la transformación de los formatos no proviene del romanticismo, experiencia, o inteligencia de negocios, en realidad hacer libros electrónicos no representa ningún problema para los grandes grupos. Lo que estos editores se niegan a ver suceder es que su negocio caiga en otras manos y que en un futuro no tan lejano terminen ganando mucho menos dinero del que sus dueños, inversionistas, accionistas o demás exijan de ellos.  En pocas palabras, los dueños de las inmobiliarias se niegan a ser reducidos a simples albañiles.

Los fanáticos de la autoedición, nuevo evangelio que pasa de prohibido a recurrido,  enarbolan la bandera de la democratización de la cultura. Con las nuevas reglas de juego parece que los verdaderos beneficiados serán los autores no publicados que no tendrán que recurrir más a las “malignas” editoriales que se niegan a reconocer su talento. Recuerdo que alguna vez un jugador de ajedrez me dijo: “el secreto del ajedrez es lograr que los peones se sientan alfiles”. Estos evangelistas normalmente provienen de la misma industria editorial y aunque sienten haber brincado al barco de los innovadores no se percatan que en realidad están haciendo el trabajo más sucio de todos los que existen hoy en día, son los conejillos de indias de este nuevo contrato entre lectores y libros. Primero y antes que nada hay que recordar que ninguno de estos evangelistas inventó la idea de la autoedición, esta existe desde hace mucho tiempo y en su momento se vio impedida por la existencia del contrato previo en manos de las editoriales. Podías autoeditarte, podías hasta distribuir, en algunos momentos hasta podrías encontrar el reconocimiento y la audiencia con ellos, pero al final si hacías todo ese trabajo una editorial constituida terminaba absorbiéndote o destruyéndote. ¿Les suena conocido? El eco es la representación auditiva de un sonido que hace mucho tiempo ya no está ahí.

Así como vender Iphones desbloqueados no fue un movimiento ingenuo por parte de Apple, abrir la autoedición digital no es una democratización de Amazon. Es una cláusula más en el contrato y esa cláusula busca mandar un mensaje muy claro a los grupos editoriales: ya no son necesarios. Podríamos discutir números de ventas, participación de mercado y otros instrumentos del siglo pasado para medir la relevancia de un fenómeno como KDP y sus múltiples clones, pero la realidad es que Amazon una vez más no está pensando en esos términos, Amazon piensa en que ese contrato necesita fortalecerse y que KDP es una cláusula que los beneficia y a la vez debilita a su competencia.  El gran panorama de estas empresas no incluye la venta de productos, para ellos la venta de estos productos es la manera ideal para disfrazar el control que a largo plazo pueden mantener sobre el consumo. Porque el consumo es el gran juego.

Uno de los futuros del libro, no porque parezca ser el más viable se puede desechar la idea de que es solo uno de los, no incluye eReaders o editoriales, no incluye librerías o autores que vendan millones de copias. Este futuro sólo incluye una relación estable y duradera con el comprador de libros, con su información y sus hábitos, con sus preferencias y opiniones. ¿Cuántas cláusulas más se agregarán a ese contrato? ¿Quién será finalmente el dueño de ese contrato? Son preguntas que se irán resolviendo a la larga, tan larga como el brazo de los antiguos dueños del contrato alcance a $er. Pero el verdadero cambio de paradigma en el libro ya ocurrió, es pasado escrito y sería mejor procurar dedicarnos a entenderlo, porque si no lo entendemos no podremos formar parte de él y lo dejaremos en manos de otros que no tienen ningún interés en la supervivencia del libro como vehículo de información y/o entretenimiento. Porque quedaremos fuera del contrato y posiblemente no podamos conservar nuestro trabajo ni como albañiles. Hay una posibilidad real de que la industria actual del libro no tenga más injerencia en el libro futuro que ser el cargador de piedras que le permite otro albañil construir para esas inmobiliarias que cobrarán millones por las propiedades finales.

Ya cometimos el gran error y pensar que aún existe una batalla por la decisión final en este paradigma es engañarse hasta el punto del absurdo. Pensar que la discusión se centra en los formatos o en la supervivencia del libro como objeto físico es permitir que los dueños de las nuevas patentes nos expulsen lenta y dolorosamente, porque así conviene a sus intereses, de nuestro propio hogar. Cualquiera que piense que el escritor X no puede prescindir de su jugoso contrato con Y editorial está invirtiendo en Betamax en el 2016. Así también cualquiera que piense que la autoedición es un bastión de resistencia contra el cambio de paradigma es un albañil con oficina. Porque la guerra de formatos se decide en otros bodegones, porque nuestra relevancia se extingue todos los días, porque es un problema general de la industria del libro. En fin, porque no es porno, idiota. 




*** Este texto se publicó en el número 30 de la revista Texturas

lunes, 20 de marzo de 2017

Hemos dado con el iceberg y la puta orquesta sigue tocando



Es complicado hablar del futuro. Sobre todo si consideramos que para fines académicos y narrativos el futuro se ha convertido en los próximos 10 o 20 años nada más, como si de momento fuéramos capaces de advertir que todo lo que ocurrirá en un periodo insignificante para la historia se ha convertido en todo el horizonte que somos capaces de vislumbrar. Una ironía que para comprender el futuro tengamos que resumirlo a una especie de presente prolongado.

En los últimos meses se ha declarado con una alegría inusitada y absurda la muerte del libro electrónico. Cientos de profesionales y no tan profesionales del libro se dan el gusto de corroborar que sus vaticinios eran correctos y que la transformación del libro ha fracasado a nivel comercial. Hace unos meses en plena Feria del Libro en Buenos Aires un editor, a las afueras de un bar bastante concurrido, me restregaba en la cara que el libro electrónico había fracasado y que aquella reunión que habíamos tenido años atrás y donde le expuse la importancia de migrar hacia los formatos digitales había sido una pérdida de su tiempo. Sonreí, sobre todo porque ante cualquier evento de este tipo a las afueras de un bar uno tiene que sonreír porque esa es la manera civilizada de evitarse una discusión estéril con un interlocutor eufórico.

Debo decir que lo primero que me sorprendió fue que aquel editor, cuya editorial ha logrado convertirse en un símbolo de la edición independiente, recordara con tanta rabia aquella reunión, mi primer acercamiento a la industria editorial argentina,  donde me parecía y me sigue pareciendo que la única manera en que dicha industria podía sortear las privaciones de un mercado interno proteccionista era buscar la exportación digital de sus contenidos. Lo segundo es la alegría con la que celebraba la caída de lo que posiblemente fue la última esperanza del libro para sobrevivir al siglo XXI. Porque a final de cuentas podemos decir lo que nos dé la gana pero la realidad es que la industria del libro se está cayendo a pedazos por regiones, idiomas, géneros y por último por formatos.

No hay una sola cifra positiva para el mercado del libro. Reporte tras reporte lo único que contemplamos es contracción, disminución, desempleo, baja en la calidad, en la producción y mucho más importante en la relevancia del libro ante otros medios de comunicación, educación y entretenimiento. Si el libro adoptaría o no un nuevo formato es un asunto de percepciones, pasiones e intenciones, las cifras de la industria son una realidad y temo decir que esa realidad parece irreversible. Si bien el libro es un pedazo de romanticismo inserto en una era pragmática, esto no le exime de jugar bajo las mismas reglas a las que se somete a cualquier producto. El libro sigue siendo un formato de contenido que compite por el consumo de un número finito de compradores que ven su día a día bombardeado por distintas variantes  y formatos del mismo contenido. Si bien durante una buena parte del siglo XX el conocimiento y una buena parte del entretenimiento provenía del libro, hoy el nivel académico y cultural de una buena parte del mundo proviene de otras fuentes mucho más dinámicas e intuitivas. La pregunta más importante entre 1980 y 2010 para nuestra industria ha sido: ¿Por qué la gente no lee más libros?

Primero porque la gente ya no necesita leer libros para acrecentar su nivel de conocimiento y su bagaje cultural. Las adaptaciones visuales, auditivas, interactivas y digitales del conocimiento y el entretenimiento han sufrido una serie de transformaciones que actualmente los posicionan por encima del libro como medios de consumo preferidos por la gente. Desde los audiolibros, pasando por el video y las narrativas digitales han absorbido lo mejor que tenía el libro y han procurado seguirle el paso al futuro entendiendo que los métodos de consumo se transforman a una velocidad cada vez mayor. En pocas palabras, todos cambian menos el libro y eso ha empezado a pasar factura.

Hay algunos casos curiosos que vale la pena mencionar, todos los editores aceptamos el traslado natural de las enciclopedias a la red, casi todos asumimos que la llegada de los programas para editar eran una bendición, una buena parte de los editores también asumimos que los medios digitales serían una gran herramienta para promocionar libros; pero por alguna extraña razón cuando se trata de abandonar el papel hay una especie de descarga eléctrica que nos convierte en el Opus Dei de los formatos. ¿Por qué la gente no lee libros? Porque la gente ha decidido que cargar 700 grs de papel para consumir algo que podrían consumir enfrente del televisor o cualquier pantalla digital es estúpido y ¿saben?, tienen razón.

Pongamos un ejemplo extraño. Asumamos que un chico de 20 años decide, por azares del destino, dejar de fingir que conoce la historia de Moby Dick y tratar de acercarse a la fuente de la misma. Entre sus opciones están las siguientes:  ponerse la adaptación de Mike Barker que está disponible en Netflix (90 millones de hogares tienen Netflix), bajarse de internet la peli de Orson Wells (50% de la población tiene acceso a internet), buscar el PDF de Moby Dick corriendo el riesgo de que sea pirata y por lo tanto esté mal editado, comprarse el ebook de Moby Dick o, finalmente, salir de su casa, transportarse a una librería o biblioteca, preguntarle al encargado o vendedor por el título, pagarlo, cargarlo de vuelta a casa y pasarse los próximos 3 meses (es obvio que a un chico de 20 años le tomará al menos ese tiempo leérselo) cargando en libro a todas partes y buscando ponerse a leer en los sitios que frecuenta. Siendo honestos, si el chico de 20 años logra tomar el último camino y lograrlo merece un premio, desafortunadamente nadie se lo dará y tarde o temprano se encontrará con alguien que ha seguido uno de los caminos anteriores y que a grandes rasgos tendrá la misma información que él y sólo le quedará un camino: vanagloriarse del trámite para defenderse del contenido.

La resistencia al cambio de la industria ha reducido la edición de libros al mero hecho de imprimirlos, distribuirlos y después destruirlos. Los editores, que debieron ver en el formato digital la liberación del yugo financiero de la impresión y la distribución, se ofendieron por este nuevo formato anárquico y ajeno a la maquetación y las decisiones superfluas, porque podemos decir lo que queramos sobre el papel y la tipografía pero en el fondo estas características están por debajo de la importancia del contenido y por lo tanto deben ser consideradas adyacentes no trascendentes.  Cuándo el libro digital dio sus primeros pasos comerciales cometí el error de imaginarme ríos de editores embarcándose en la aventura de encontrar los mejores contenidos y editarlos de la mejor manera posible y después ponerlos inmediatamente a disposición de millones de personas sin tener que transitar por los vericuetos de la cadena de suministro que los había contenido durante tanto tiempo. En realidad parecía más bien que la renuncia a esta cadena de suministro desnudaba una realidad que nos dedicamos a ocultar durante muchos años, los editores han heredado su trabajo a los obreros del libro porque siempre está el mercado para repartir culpas y justificar bodegones llenos de títulos que nadie nunca leerá.

Es como si la industria se sostuviera en realidad por todos los mecanismos de impedir que existen alrededor del libro y este fuera únicamente una mercadería obsoleta en un mercado que se mueve a la velocidad de la luz. La realidad es que Moby Dick hace millones de dólares al año en muchos formatos que no se llaman libro. El contenido sigue llegando a la gente, sólo no lo hace más en papel. Porque el papel es complicado de manipular en una época donde la satisfacción inmediata ocupa el epicentro del consumo. La catástrofe es impredecible pero no inevitable, desde los fenómenos naturales pasando por los fenómenos culturales y hasta los fenómenos sociales durante miles de años la humanidad ha ido encontrando diversos mecanismos para sobrellevar las catástrofes, el primero de ellos es la transformación.

Me gusta pensar que lo mejor y lo peor que la humanidad ha encontrado es su capacidad para transformarlo todo.  Un vidrio polarizado sólo es una herramienta que transforma la luz, un auto es una herramienta que transforma la movilidad,  la comida procesa no es más que una transformación de una necesidad básica, ¿entonces por qué somos tan pedantes que pensamos que el libro no debe sufrir transformación alguna? Supongo que el problema proviene de la idea de especialización que nos hemos forjado.  Hemos pasado tantos años fingiendo que hacer libros es una actividad compleja que pertenece a sólo unos cuantos iniciados y que estos iniciados deben ser protegidos de cualquier influencia externa que pueda evidenciar que hacer libros en realidad es una cosa bastante simple que puede hacerse compleja conforme se adquieran niveles de calidad y relevancia.

No nos queda más que recapitular nuestra realidad. Pero hagámoslo desde el único punto de vista posible para dicha recapitulación: hoy en día nadie quiere ser lector y los que quieren ser lectores preferirían hacerlo mediante una camiseta que a través de un hábito como la lectura de libros. Pero que quede claro, el rechazo hacia el libro no es hacia el contenido del mismo, como el ejemplo de Moby Dick existen miles que abarrotan salas de cine, por poner un ejemplo claro. El rechazo de los consumidores a convertirse en lectores es una declaración clara y contundente contra el formato actual en que el libro se les presenta. Bibliotecas y librerías pasan días en que asiste menos gente que en un mausoleo. Algunas librerías y bibliotecas han empezado a convertirse en museos a los que los turistas asisten para observar la muerte de un hábito vital para la transformación humana. Hay más aficionados a las librerías que aficionados al libro, más aficionados a las cafeterías que a las librerías, más enamorados del olor que de las bibliotecas. La realidad es que el número de lectores de libros no es estático, va en caída libre país por país y lengua por lengua,  Hoy en día tenemos que acudir a otros tipos de comunicación escrita para justificar nuestra esperanza en que cambie la marea, algunos se han resignado a mantenerse ahí hasta que muera el último lector de libros, otros simplemente cierran los ojos y esperan que el estado los cargue hasta el siguiente siglo. La realidad es que es posible que el futuro nos pasó por encima hace mucho tiempo.

Existe una posibilidad real de que la llegada del libro digital ocurriera años después de la posible salvación del libro. Este tipo de cosas, los llamados cisnes negros, son impredecibles. Lo que si me parece una realidad es que al negarle al libro la posibilidad de transformarse probablemente lo hemos condenado a la desaparición. Porque a pesar de que insistamos en observar el presente prolongado como el futuro ineludible lo único cierto es que no hay nada que nos indique que existe la posibilidad de un siglo XXII con los libros como epicentro del conocimiento y el entretenimiento, vamos pues que ni siquiera podemos hablar de un siglo XXI con estas características. Vemos al enfermo desangrarse lenta e ineludiblemente y pareciera que no nos identificamos con los médicos del medievo que observaron a millones de personas ser sometidas por las infecciones y enfermedades que hoy parecen tontas por la existencia de los antibióticos. Pareciera que pasar tanto tiempo entre libros nos impidiera leernos algunos que hicieran más que evidente la situación actual por la que estamos pasando.  Ironía en su dosis más pura.

La realidad es que construimos el bote más grande de la historia y juramos que no se podía hundir. También es posible que bebiéramos de más aquella noche en que pegamos con el iceberg, sumado a una orquesta que sigue tocando por instrucciones de un capitán lejanísimo y casi invisible pareciera que esta fiesta para celebrar la muerte del libro electrónico en realidad sólo sea los últimos minutos que podemos pasar entre copas y luces antes de descubrir que no hay suficientes botes salvavidas y que el barco más próximo está a demasiadas horas de distancia. En estos casos creo que lo mejor es no interrumpir la fiesta, no gritar que nos estamos hundiendo y que no hay nada que podamos hacer, así que aquí está también mi copa en todo lo alto, brindemos porque es lo último que nos queda por hacer.  



Instrucciones para escribir una columna cultural




1. Evite, sea como sea, parecer una columna de opinión. Recuerde que la estupidez del lector de suplementos culturales es apenas superior a la estupidez del columnista.

2. Recuerde constantemente su naturaleza underground, posmoderna, apocalíptica, irreverente y todo adjetivo que se le pueda anexar a su débil personalidad.

3. Repita constantemente su lugar de origen, que la gente entienda que no es que usted haya nacido así, fue la maldita frontera que lo convirtió en este guiñapo ultraísta que ahora escribe en
un suplemento para sobrevivir.

4. Parezca irónico. Si no sabe lo que es la ironía, no se preocupe, tarde o temprano la notará a su alrededor.

5. Jamás olvide porque le dieron premios literarios, no fue por su talento literario, fue por su manejo del slang, el pr0nlit y todo los demás detalles pintorescos que el entorno literario no entiende por anacrónicos. Así logrará darle al mundo lo que necesitan de usted, un montón de basura escrita con cursivas.

6. Escoja cuidadosamente su tema, que sea lo suficientemente ruidoso para que sus lectores lo hayan notado en la sección de cultura de su periódico, pero que al mismo tiempo sea flexible; de esta manera nadie notará que de verdad no tiene idea de lo que usted está hablando.

7. Utilice MAYÚSCULAS para dar a notar sus ideas, de esta manera dejará pensando al lector promedio sobre lo reveladora que resulta su frase sin que se note que probablemente lo hizo aleatoriamente para parecer inteligente.

8. Hable de sus viajes y los miles de eventos que ha presenciado, sus millas acumuladas darán validéz a sus ideas frente a los lectores.

9. No diga nada, no importa lo que pase, no diga nada.

10. Si se ve forzado o urgido a decir algo, hable mal, de todo y de todos, así de menos quedará claro que usted es el único absolutamente capaz de reconocer la mala literatura.


*** Esta entrada fue publicada originalmente en mi blog personal

20 cosas que usted quería saber sobre el libro digital y nunca se atrevió a preguntar





Lo primero es pensar en el libro. Objeto. Entretenimiento. Vehículo de información. Objeto.
Lo segundo es preguntarse si el libro en papel es distinto al libro electrónico.

Lo tercero es abrocharse el cinturón y analizar detenidamente los siguientes veinte puntos.
Por último, lo importante es que lea, olvide y lea.

  1. El concepto de que todo debe ser gratis se lo debemos a la televisión. La caja nos enseñó que si existe un contenido, noticia, concepto o entretenimiento debe ser nuestro por apropiación, no por consumo.

2. El libro electrónico presenta soluciones a los problemas de los lectores pero no a los problemas de los grandes grupos editoriales.

3. Por piratería debemos entender la industria criminal que se dedica a reproducir copias no autorizadas de un producto para obtener beneficios económicos.

4. El libro electrónico es un formato digital. Los formatos no tienen la culpa de nada.

5. Hace mucho tiempo que la industria editorial hace oídos sordos a las necesidades de sus consumidores.

6. En cualquier sistema capitalista se reconoce que el consumidor obtendrá su producto de una u otra manera.

7. Existe una brecha moral, ética y social entre los creadores de los contenidos y los distribuidores de los mismos.

8. Nadie puede negar una relación directa entre la caída de los salarios y el aumento de consumo de copias ilegales de los productos.

9. El libro electrónico permite alcanzar un mayor número de lectores a un menor costo. Por alguna razón la industria del libro está en contra de este concepto.

10. Hace más de veinte años que el verdadero negocio de la industria editorial está en la administración de los derechos de autor y no en la producción de libros.

11. El consumidor piensa en el creador como una especia de Rico McPato que nada en dinero mientras que él tiene que arreglarselas con unos cuantos dólares para poder hacerse de los productos que le interesan.

12. ¿En qué momento se pensó que era una buena idea llamar a tus consumidores ladrones o piratas?

13. En una editorial gana más dinero un abogado que un editor.

14. El lector quiere más libros y a mejores precios. Eso no es una sugerencia, es una orden.

15. Los autores por fin pueden contemplar una opción distinta para hacer dinero con sus contenidos. Si tuvieran una buena relación con sus editores esta idea no les cruzaría por la cabeza.

16. De cada libro que se vende el 10% es para el autor. El resto se utiliza para costos, inversión, promoción y para pagarle a una horda de zanganos que no ayudan en nada al producto final.

17. Vender libros electrónicos es posible. Siempre y cuándo se respete al autor, al editor y al consumidor. Esta cadena de respeto lleva mucho tiempo rota.

18. México ha renunciado a ser un país de lectores. A pesar de esto, la gente sigue leyendo sin ponerse a considerar a la crítica o a la industria.

19. Actualmente nos corresponde hacer frente al cambio de formato, entre el físico y el digital, facilitar el tránsito del libro y reconciliarnos como universo alrededor del libro es una obligación que no podemos seguir posponiendo.

20. Las reglas del juego funcionaron los últimos 100 años. No funcionarán más. Es momento de sentarse y pensar realmente en lo mejor para una industria que podría ver este cambio como un apocalipsis individual.

¿Ha leído usted?

¿Ha pensado?

Va por buen camino.






*** Esta entrada fue publicada originalmente en mi blog personal

Nunca me gustó Tierra Adentro

Este no es un país, es una sensación. No recuerdo donde lo escuché pero constantemente lo recuerdo. Últimamente siento que esa sensación es la de convulsión. La convulsión que produce dudar de todo, atacar a todo, insultar a todos, un poco el efecto Little Finger ( "He would see this country burn if he could be king of the ashes." Varys ).

Hace unas semanas se levantaron las hordas de la contracultura para anunciar, desde la suposición y la capacidad intrínseca de "atar cabos", que Tierra Adentro desaparecía. Me gustaría aclarar que durante mis años de la desesperación (periodo que transcurrió entre que fui capaz de escribir un poema casi decente y logré ser publicado) jamás pensé en acudir a Tierra Adentro. Me parecía el hogar de una generación de escritores demasiado cómodos en la posibilidad del estado patrocinador y muy poco ocupados en escribir un legado. En mi defensa diré que aún lo pienso y que creo que Tierra Adentro es el resultado de un sistema estatizado de administración de la cultura, aunque pensarlo no sea en mi defensa realmente. 

Años después publiqué en el blog de Tierra Adentro  (http://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/la-caida-del-capitan-america/) un texto que me pidió Rodrigo Castillo para hablar del Deflategate, ¿Por qué acepté? Primero porque me moría de ganas de escribir sobre una de mis pasiones, el futbol americano, segundo porque desde que Mónica Nepote, Rodrigo Castillo y Mauricio Salvador estuvieron a cargo del programa me sentí cómodo con la idea. Reconcilie la idea detrás de un esfuerzo con la capacidad del esfuerzo para convertirse en algo bueno. Mónica, Rodrigo y Mauricio son tres personas que admiro por distintas razones, algunas estéticas, otras empáticas pero principalmente porque la honestidad y pulcritud con la que lograron manejarse en una de las posiciones más sucias de la cultura estatizada superaba a veces su propio sentido de supervivencia. 

Sobre ese periodo en Tierra Adentro se podía hablar de futilidad, alcance del programa, intenciones estéticas o literarias, incapacidad logística o el dolor de testículos que era cobrar una colaboración. Pero no se podía hablar de corrupción, favoritismos o malos manejos, Tierra Adentro se convirtió en un escaparate plural y profesional para los "jóvenes escritores mexicanos". Tierra Adentro abarcó todos los temas posibles, se hizo de una visión (que se puede compartir o no) desde la cuál poner al alcance de la mano de todos los interesados un canal de exposición. 

Siendo honesto nunca me gustó Tierra Adentro, podría rescatar algunos libros de gente que no soporto y repudiar algunos otros de gente que adoro. Pero esa pluralidad fue intencional y valiosa. Ahora resulta que vienen unos cuantos godos emocionales a prenderle fuego a este legado. Desde una trinchera tan corrupta y cuestionada como es el Círculo de Poesía, los enanos (porque eso son, enanos) que llevan años cuestionando la honestidad detrás del equipo de Mónica, honestidad que obviamente afectó sus intereses económicos y políticos, se levantaron desde la estupidez y la antorcha. Aunque en su defensa diré que nunca tuvieron mucho más para levantarse. 




Pero eso no me incomoda, los Little Fingers del mundo son parte del ecosistema donde comparten lugar con las rémoras y los parásitos y específicamente estos parásitos (los Bojojo, los Alísitos, Los enfants terribles de su sala en la Narvarte, los del juego de tronos de los 12 mil pesos) son una parte escencial para la vida cultural de un país. Son el lado oscuro de la fuerza, en pendejo, pero eso son. Lo que me incomoda es el extraño silencio, la pasividad con la que los defensores de las letras y derivados, se aproximana a este tema. La incapacidad de tomar una postura y defender a esos que abrieron puertas, dejaron pasar y no se beneficiaron más allá del salario que corresponde un por una labor definida. ¿Por qué fingimos que esto no importa? ¿Por qué en la comodidad de la discreción somos capaces de diseccionar la corrupción alrededor del Círculo pero en público seguimos teniendo miedo a declarar una postura? 

Si no podemos defender a los honestos, ¿a quién chingados vamos a defender? Si dejamos que los corruptos se adueñen del discurso ¿eso no nos hace cómplices? Tan cómplices como ser jurado de un premio y dárselo a tu cuate, tan cómplices como buscar que el que no te beneficia no se beneficie, ¿tan cómplices como los que sabotean y golpetean al servicio de un interés, pendejo pero oscuro? Eso me preocupa. Supongo que por eso escribo esto, para sentir que no estoy abandonando a esos que hacen algo que no me gusta pero que lo hacen bien, que lo hacen alejados de la politika kultural mejicana, los que no se benefician y cumplen su labor en silencio. 

Me gustaría ver a más de ustedes, de nosotros, levantarnos y defender a la gente que estuvo en Tierra Adentro haciendo las cosas bien. No por ellos, ellos no necesitan ser defendidos, su historial intachable los defiende bastante bien. Pero por nosotros, porque se supone que en esto creemos y que este es el mundo que queremos. Auque parezca que en realidad estamos de lado de los reyes de las cenizas. 


*** Esta entrada fue publicada originalmente en mi blog personal 

Bob Zimmerman Esponja Dylan y el secreto de las Nobel burgers





Bob Dylan ganó el premio Nobel de literatura 2016. En términos reales sólo significa que otro año más Thomas Pynchon fue ignorado por la academia sueca para darle el premio a otro que lo merecía menos. La primera frase es un hecho. La segunda sólo es un deseo ardiente que vive en mi corazón. Sin embargo, estas semanas ideas de ambos tipos se mezclaron en redes sociales a velocidades supersónicas y alimentadas por una pasión que es por demás lejana a la idea de leer. La vasta mayoría de las personas que opinaron sobre el premio a Robert Allen Zimmerman / Shabtai Zisi ben Avraham (parece que últimamente te dan pokemonedas por llamar a Bob por sus apelativos nominales) leyeron más veces la Wikipedia (de donde saqué los apelativos nominales de Bob) para descubrir que su apellido era Zimmerman que cualquier libro de poesía en los últimos 20 años.

Defender a Dylan es idiota. Bob no necesita que nadie lo defienda o que abogue por su increíble aportación a las letras, se defiende sólo y viene haciéndolo muy bien desde hace 50 años. Bob Dylan es más famoso que Bob Esponja y eso quiere decir que no hay un Bob más famoso o más importante que él y para muchos ese es el problema. Le dieron el premio a la versión de Bob Esponja de la música “independiente”. El enojo de la gente del libro dice mucho más sobre la ausencia de lectores que sobre los viejitos blancos (creo que son blancos porque todo mundo lo repite en internet) de la academia. En realidad el Nobel es un premio imposible, al menos puedo imaginar un shortlist de 5 escritores que si ganaran el premio no podría quejarme. Los Pynchon, Roth, Oates, McCarthy, Piglia vienen a mi limitadísima capacidad para saber cuántos escritores trascendentes hay en el mundo vivos.  Pero no puedo quejarme del Nobel a Dylan. Al menos no desde los hechos o los argumentos que la misma academia emitió para dárselo “for having created new poetic expressions within the great American song tradition”. 

Si bien Bob Esponja y Bob Dylan son muy famosos, casi cualquier persona sabe que los dos existen, Esponja es mucho más conocido si entendemos conocido como identificado con mayor facilidad por sus rasgos particulares. Una foto de Bob Esponja es miles de veces más reconocible que una foto de Dylan, también porque Dylan tiene cierto parecido con casi cualquier cantante de los 60 que se hubiera metido un montón de drogas. Alguna vez vi en una revista de rock una foto de un joven Keith Richards confundido con un joven Bob Dylan.  La gente que sabe quién es Bob Dylan probablemente no ha escuchado ni el 10% de la obra de Bob Dylan y si bien los que conocen a Bob Esponja tampoco han visto más del 10% de los episodios del personaje es muy claro que ese porcentaje es más que suficiente para entender a Bob Esponja pero no nos acerca ni siquiera un poco a conocer la obra de Dylan.

La discografía de Bob Dylan contiene más de 400 canciones compuestas por él. La inmensa mayoría son anónimas para una buena parte de la gente que se jacta de saber quién es Bob. Como si la suerte de escuchar Blowin’ the wind o Like a Rolling Stone pudieran concentrar todas sus intenciones sobre una muestra pequeñísima de quién Dylan es. Ningún escritor que ha recibido el Nobel ha sido incuestionable o unánime porque ningún escritor puede ser incuestionable o unánime, en muchos casos ni siquiera puede considerarse que existan escritores cuya obra conserve una regularidad en calidad porque así no funciona la creación artística. Pero hay algo innegable en la aportación de Dylan a la poesía de los últimos 50 años. Hay más escritores que empezaron a escribir genuinamente inspirados por Bob que inspirados por Svetlana Aleksiévich y aunque pudiera parecer que esto no debería ser importante en términos de la calidad y profundidad de una obra literaria sí lo es. Sin Homeros, Cervantes o Shakespeares para inspirar a las generaciones venideras sería imposible que la literatura hubiera sobrevivido tanto tiempo. Dylan es un poeta, un poeta que eligió acompañar de música sus propias creaciones y que tuvo la suerte o desgracia de hacerse famoso y millonario, porque todos sabemos que ser famoso y millonario no coincide con la concepción de literatura que Rimbaud y Baudelaire nos heredaron. Como si el ahora super estrella Bob Dylan no hubiera transitado la desgracia y las penurias que acompañan naturalmente la idea de escritor moderno.

También tenemos que aceptar que probablemente la academia sueca está dispuesta a premiar primero a Bob Esponja que atreverse a darle el Nobel a algún novelista norteamericano. Es más, es muy posible que veamos a Murakami hacerse del Nobel antes que a un novelista norteamericano. Prefiero ver a Bob Esponja ganarlo primero, si me preguntan a mi. Pero lo que verdaderamente me consterna sobre los golpes de pecho ante la medalla al señor Dylan es la clara ignorancia sobre lo que la composición poética requiere, significa o transmite, me agobia lo poco ciertos que somos ante la posibilidad de que la literatura lleve años bajo un proceso de transformación que por ser transformación no puede aún considerarse si es bueno o malo. Quiero creer que a Fo le encantaría sentirse en compañía de Bob porque seguramente la poesía de Dylan lo hizo estremecerse alguna vez sentado en la Cerdeña. Es posible que el premio Nobel del 2016 sea una tabla de salvación para la poesía, para la importancia que tiene encontrar formas de expresar sentimientos o ideas a través de abstracciones literarias que permitan una conexión sensorial, intelectual, emocional y estética con aquellos que se ven expuestos a ella. Es esperanzador que una academia de hombres blancos premien a un hombre que ha luchado contra la noción de hombres individuales desde que lanzó el primer disco con su propio seudónimo como título. Esta esperanza no proviene ni de lo revolucionario o paradigmático que resulta la comprensión de la literatura fuera de la única convicción de la palabra escrita, en mi percepción proviene de otro lugar, de un lugar que se reconoce a si mismo como una bifurcación de senderos, sobre una multiplicidad de expresiones que pueden asentarse en la legitimidad que proviene de ser reconocido por una autoridad autoimpuesta por tus pares. Bob Dylan no tiene interés alguno en el premio Nobel, seguramente está sentado en un autobús ahora pensando que este es otro año en que no se lo dan a Pynchon y quiero creer que también lo encabrona. Existe una posibilidad también de que no se presente a recibirlo porque para él la importancia del galardón no sea significativa. Pero eso no importa, en 10 o 20 años alguien encontrará la lista de los ganadores seguido de un link para ver un capítulo de Bob Esponja en Youtube y si tenemos suerte elegirá a Dylan y quizá… sólo quizá después sacará una computadora y se pondrá a escribir versos sobre hombres y viento y piedras, pero sólo si tenemos mucha suerte.

Por eso y porque jamás me comería una puta KangreBurger larga vida a Bob Dylan pero ojalá no tan larga.



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