jueves, 24 de agosto de 2017

Game of Torrents

Esta nota está escrita desde la calma después de la tormenta. En temas tan personales como este es claro que uno debe esperar cierta distancia del objeto de la furia hasta poder presentarse a si mismo como una fuente narrativa alrededor de dicho objeto. Pero una cosa es clara, haber pagado HBO Go para ver la séptima temporada de Game of Thrones es probablemente el peor error que he cometido en mucho tiempo.

Durante muchos años Game of Thrones ha sido un referente en la industria de entretenimiento, en algunos otros de mis textos me he aproximado a la curiosa relación que mantiene el show de HBO con la distribución no remunerada de sus contenidos, en pocas palabras, como se relaciona la serie más exitosa de la cadena con los torrentes y servicios de streaming gratuitos. Pero durante todo este tiempo en mi cabeza siempre ha estado al misma pregunta ¿por qué HBO no permite que una mayor cantidad de usuarios paguen por ver Game of Thrones si necesidad de tener un intermediario (televisión por cable) de por medio? Imaginé decenas de escenarios posibles, estrategias de marketing detrás, visiones comprometidas con el verdadero futuro de los contenidos hasta que contraté HBO Go de manera directa a través de Apple. No lo permiten porque no pueden.

¿Por qué me atrevo a decir que Game of Thrones la serie más importante en la historia de una cadena que tiene en su catálogo The Sopranos, The Wire, Boardwalk Empire y Sex and the City entre otras? Simple, el inicio de la séptima temporada tuvo 16 millones de espectadores incluyendo HBO por cable, DVR y HBO Go. Este número es significativo si lo comparamos con el final de Lost que tuvo 13.5 millones de espectadores aún cuando esta serie, la más popular en su momento, se transmitía por servicio básico de cable (a diferencia de HBO que es servicio premium, es decir hay que pagar aún más por verlo) Aún así, si lo comparamos con The Sopranos (13.4 millones al inicio de su 4ta temporada) y Sex and the City (10.6 millones en su capítulo final) pareciera que los números de GoT no son tan relevantes, excepto por un pequeño detalle: se cree que 90 millones de espectadores vieron el inicio de la séptima temporada a través de servicios gratuitos que se consideran ilegales en muchos países.  Es decir, 16 millones pagaron por ver la serie contra 90 millones que no pagaron un centavo (al menos no para verlo en tiempo real).

Conociendo los números alrededor de los torrents y streaming gratuito siento una cierta tendencia a pensar que estas cifras son conservadoras. Honestamente me da la sensación de que más de 100 millones de personas alrededor del mundo están viendo la serie en tiempo real o subsecuente inmediato (digamos personas que ven la serie en las próximas 24 horas después de su transmisión). Pero para fines de este objeto vamos a tomar estos números como punto de inicio y desde ahí trataré de explicarles porqué mi enojo lentamente se fue transformando en asombro y hoy en una reflexión. HBO conoce estos números, es posible que conozca con mayor detalle cuántos usuarios no le pagan por ver su contenido (recordemos que HBO no vende publicidad y por lo tanto vive exclusivamente de sus suscriptores y la distribución de su contenido en canales no premium de manera postergada) y que durante mucho tiempo no le importara. Es más, estoy casi seguro de que el día de hoy en HBO no hay la menor preocupación por el continuo crecimiento de descargas gratuitas de su contenido. Es claro que si HBO hubiera ofrecido un servicio como HBO Go antes y aún ahora hubiera ofrecido un servicio competente no hubiera convertido (trasladado usuarios de no pago a usuarios de pago) más del 5% de esos 90 millones. Aceptémoslo, hay millones de personas que no pagarían jamás por ver Game of Thrones principalmente porque pueden verlo sin necesidad de hacerlo. Si esto estuviera controlado al 100%, como supongo que ocurre en los sueños más húmedos de las asociaciones de protección de derechos de autor, no creo que HBO pudiera recuperar ni el 40% de esos 90 millones. ¿Por qué? Porque simplemente hay gente que preferiría no verlo que pagar por ello como la caída de los servicios P2P en la música nos enseñó. Hay gente que sólo consume cierto contenido si no tiene que pagar por el.

Pero supongamos que ese 5% es recuperable. Entonces se entienden los esfuerzos de HBO por lanzar su servicio de streaming independiente HBO Go en países donde comúnmente no lo ofrecían, es decir cualquier país afuera de Estados Unidos y Canadá. Todo empezó en enero de 2016, HBO lanzó su servicio Go a través de OTT ( servicios independientes de transmisión de contenido) usando a las cableras como punto de venta. Obviamente lo contraté. A pesar del verdadero infierno que era autenticar y que HBO se negaba a permitir usar mi Xbox One para bajar la aplicación y ver el servicio ya estaba un poco harto de tener que usar torrents para descargarlo cada semana. No haré el cuento largo, unos meses después tuve que cambiar de tarjeta de crédito y por ende cambiarla en la plataforma de HBO Go y resultó imposible. Simplemente no existía una opción para hacerlo. Perdí mi cuenta del servicio y tuve que volver a los torrents. En junio de 2017 Dionne Bermúdez ( VP de distribución digital para HBO en LatAm) anunciaba que el servicio ya no requeriría a las cableras como intermediario y que se podría hacer el pago directo, una vez más contraté el servicio y me preparé para ver la séptima temporada de mi adicción en vivo y sin problemas. Todo empezó el día que se transmitió Dragonstone (primer capítulo de la temporada) el servicio simplemente no respondía. Claramente y conociendo un poco de plataformas era claro que la demanda había sobrepasado a la oferta y que HBO no movió un dedo para evitarlo. Al contrario, la falta de fallos en el servicio en Estados Unidos dejaba claro que el tiempo que le tomó a HBO para lanzar su servicio se debía a que estaban separando la estructura de la que usaban en el vecino del norte con, al menos una suposición, conocimiento de lo que podría ocurrir si había demasiada demanda. El suplicio duró hasta, al menos, el capítulo 6 de 7. Al día de hoy no he podido ver un solo capítulo en vivo sin interrupciones en una conexión a internet que soporta sin problemas otros servicios como Xbox Live, Netflix y Amazon Video. Era claro, HBO Go no se ofrecía fuera de EU y Canadá porque no tenían la capacidad tecnológica para hacerlo, por eso permitían las descargas gratuitas.

Pareciera que la prerrogativa en lo que a negocios se refiere es cobra todo lo que puedas, gana todo lo que puedas, crece todo lo que puedas. Lo que este tema deja al descubierto es que en realidad la parte importante de la idea anterior es la que dice “puedas” y esa es una lección que HBO tiene clara. Ofrecer un servicio de streaming fuera de la parte sajona de América del Norte fue un error. Sólo por poner un ejemplo, esperar a que el capítulo terminara y bajarlo en HD desde un torrent era más rápido, por aproximadamente 3-4 horas, que esperar  a que el servicio de Go se restableciera para los usuarios de pago. Lo único peor que no tener un cliente es tenerlo y hacerlo enojar, esa es una máxima que la gente que tomó la decisión de lanzar Go sin considerar las consecuencias demostró ser una mala decisión de negocios. El reposicionamiento de los servicios gratuitos para adquirir el contenido es una noticia nefasta para HBO porque ahora, además de conseguir usuarios de pago, tendrá que cargar con la noción de que no puede ofrecer un servicio de calidad generando un posible replanteamiento en la estrategia a corto plazo de la empresa.

Porque seamos sinceros, mientras Game of Thrones siga siendo la serie más popular no hay ningún problema, HBO seguirá encontrando personas dispuestas a pagar por el servicio. El verdadero reto inicia un día después del final de la próxima temporada cuando el servicio descubra que el invierno ya llegó.


lunes, 24 de julio de 2017

Puños de dinero




Hace unas semanas tuve una intensa conversación sobre la relación que guarda el crecimiento de Amazon, después de comprar Whole Foods por 13 mil millones de dólares, en comparación con el tamaño que Walmart tiene a nivel mundial (el más grande, de los más grandes). En esta discusión mi contraparte proponía que la fortaleza financiera de Walmart era determinante en la batalla y que la innovación de Amazon sólo duraría hasta que el gigante del retail se tomara la batalla en serio. En general creo que la discusión era más cercan a la concepción de una batalla entre Superman y Gokú que un intento honesto por analizar el desarrollo del mercado de retail en el mundo. Lo que sinceramente quedó grabado en mi cabeza después de la conversación fue la certeza de que Walmart un día, a punta de aventar dinero, superaría a Amazon y mantendría su posición hegemónica en el mercado.

Supongo que esta impresión quedó en mi cabeza por la sensación, sobre todo a últimas fechas, de que los “puños de dinero” se vuelven irrelevantes a ciertos niveles de competencia. ¿Por qué es esto importante? Bueno, supongamos que hacemos un ejercicio revisionista del siglo XX; después supongamos que ese ejercicio revisionista pasa por un punto de vista reduccionista para acotar desde lo general hasta lo particular una sola sensación post revolución industrial; con estas suposiciones a cuestas tendríamos que reconocer que el gran tema resultante de este ejercicio sería: el dinero lo puede todo. Esta sensación ha permeado políticas sociales, económicas y hasta culturales que se extienden desde finales del siglo pasado y lo que llevamos de este. Todo gira en relación al dinero. Actualmente se asume que el poder, la educación, el desarrollo, la innovación y la transformación social giran alrededor de este reducto imaginario que en su momento se expresó con monedas y billetes, y que actualmente sólo son un montón de cifras guardadas en un servidor debajo de cientos de toneladas de tierra y metal.

Pero ¿a qué me refiero cuando digo que a cierto nivel de competencia la fortaleza financiera no es la piedra angular de la estabilidad? Simple, si el día de mañana un boxeador de 55 kg firma una pelea con un boxeador de 80 kg inmediatamente consideramos que esa pelea será injusta y terminará rápido, casi tan rápido como el boxeador más pesado logre conectar al boxeador más ligero. El resto del tiempo seria algo más parecido a un baile que a una pelea. Pero, si dos boxeadores de 80 kg se enfrenta, en realidad el peso queda de lado para abrir la discusión sobre habilidad, distancia, técnica, poder y, principalmente, estrategia. La batalla entre Amazon y Walmart es una que se libra en la franja más pesada de todas las divisiones comerciales. Ninguna de las dos compañías quebrará o desaparecerá dentro de los próximos 20 años y eso, actualmente, es lo más cercano a estabilidad que tenemos delante. Sin embargo, esta dos empresas tienen una responsabilidad externa que si bien al principio sirvió como piedra fundamental, conforme avanza el tiempo se revela como una debilidad estructural. Amazon y Walmart dependen, financieramente, de sus accionistas y tienen para con estos una serie de responsabilidades y obligaciones que no pueden desatender. Ambas compañías tienen una mesa directiva que vela por esos intereses y que es un paso obligatorio para sus estructuras organizacionales y los subsecuentes proyectos que deseen plantear.





Puestas estas cartas sobre la mesa, es claro que ambas compañías tienen el respaldo financiero. Es extraño pensarlo pero si lo consideramos en términos más simples, Amazon tiene mucho más dinero del que necesita mientras que Walmart tiene muchísimo más dinero del que necesita, aunque seguramente hay una diferencia fundamental en términos cuantitativos, para efectos cualitativos los dos están por encima del umbral de riesgo que normalmente acota una batalla a uno que se defiende y el otro que ataca. Siendo esta la situación lo que tenemos ante nuestros ojos son dos estrategias luchando por la hegemonía del futuro. ¿Qué quiere decir esto? Creo que aunque suene simple es muy complejo, Amazon quiere terminar con la viabilidad de Walmart mientras que Walmart necesita detener la transformación de Amazon. Amazon plantea un modelo de negocio que toma lo mejor de Walmart (logística y administración de inventarios) y desdeña lo peor de Walmart (prácticas depredatorias y presencia brick&mortar)  Por su lado, Walmart ha construido un imperio a puños de dinero, se ha hecho de las mejores locaciones físicas y ha cargado en sus proveedores la responsabilidad que ninguna empresa puede administrar en su fuero interno: el trasiego de bienes y servicios. Hay un viejo adagio en el mundo del retail: Lo único peor que venderle a Walmart, es no venderle a Walmart.

El problema fundamental que veo en este tema es la siguiente metáfora: no importa cuántos años le tome, el mar siempre termina por erosionar la roca. En este caso creo firmemente que Amazon es el mar, dinámico, mutable, poderoso y, principalmente, compuesto por una fórmula química orgánica diseñada para desgastar. Por el otro lado tenemos a Walmart, la definición de acantilado, estable, sólida, inamovible y con la certeza de que ninguna ola puede moverla de lugar. Pero regresemos por un segundo a la idea central, pensemos por un instante en la teoría de que Walmart no se ha tomado en serio la batalla con Amazon y que en el momento en que esto ocurra tiene suficiente dinero para cambiar la dirección de la marea. Vamos, es algo que se ha logrado antes, un dique por aquí, otro dique por allá, compuertas presurizadas y hasta sacos de arena le han servido a la humanidad para desviar y controlar el constante desgaste que genera el mar. Si bien el negocio de Amazon no es nada desdeñable, 22 mil millones de dólares en negocio ahora que tiene a Whole Foods, sigue sin opacas los 170 mil millones de dólares que Walmart genera en el mismo segmento. Aún en donde Amazon domina, la venta online de alimentos, este segmento no supera el 5% de la venta total de esta categoría en Estados Unidos.

Puesto así parece que Walmart ha solapado la existencia de Amazon porque la mera existencia del gigante de Seattle no significa ningún problema para el gigante del retail. El verdadero problema reside en que lo que hace Amazon actualmente en términos de estrategia, diseño, experiencia de usuario y viabilidad de productos es algo que Walmart nunca ha tenido que hacer. El rey no tiene que aprender a ser rey pero el invasor tiene que pensárselo mucho antes de lograrlo. El gran problema, que se ha reflejado en muchas de las experiencias alrededor de Walmart.com, es que el pool de talento a nivel mundial es cada día más limitado y que hoy por hoy, el talento es más evidente y quizá sólo por sexy, es mucho más evidente en Seattle que en Arkansas. Estoy seguro que antes de que Amazon fuera un peleador del mismo peso el dinero de Walmart hubiera sido más que suficiente para seducir a las mejores mentes en el gigante online para trasladarse al retail y llevar consigo el conocimiento y experiencia adquirido durante muchos años. Si estuviéramos hablando de principios del siglo XXI, estoy seguro que en realidad Amazon hubiera tenido muchas complicaciones para desarrollarse si no hubiera pasado por debajo del radar de estos gigantes que pensaron que su modelo de negocio estaba tallado a perpetuidad y que solo el fin de la humanidad replantearía los términos que fundamentaron en el corazón del mercado de consumo y capital.

El problema es que hoy el talento de Amazon no tiene ningún aliciente para irse a Walmart a construir, casi desde cero, lo que tienen funcionando y creciendo a pasos agigantados en su propia empresa. Si es que Walmart puede observar, con suficiente nitidez y certeza, que el futuro de la venta de bienes y servicios prescindirá del retail en su máximo volumen, tienen que reconocer que están en problemas. Amazon puede comprar empresas que hagan retail a un nivel más que satisfactorio, pero es claro que Walmart no puede trasladarse al mundo online con la misma facilidad. El modelo de Walmart funciona gracias a la repetición y disciplina, el modelo de Amazon funciona gracia a la estrategia y la innovación. El valor de Walmart sólo existe en un mundo donde la gente se desplaza a espacios físicos para adquirir sus bienes y servicios, el mundo de Amazon existe en un mundo donde la gente que se desplaza considera por un momento que su tiempo es demasiado valioso para conducir, estacionarse, comprar, cargar y volver a casa para acomodar. En un mundo ideal ambos argumentos funcionan, la estabilidad y fortaleza financiera debería ser suficiente para acotar el mercado de proveedores y precios lo suficiente para exterminar a la competencia. Así también el modelo de eCommerce llevado a su máxima expresión debería cambiar los hábitos de compra y consumo de la gente. Pero este no es un mundo ideal, es un mundo real que recibe y reacciona de maneras a veces impredecibles.

Lo que es claro es que Walmart está en desventaja que no en riesgo. Al mismo tiempo el modelo de Amazon aún puede crecer un 95% en un mercado que ya consume los productos de sus categorías. Lo que si es evidente, en medio de esta batalla de titanes, es que esto no se resolverá a puños de dinero simplemente porque hay un punto en el que el dinero ya no es lo más importante. Walmart puede convertirse en el mayor negocio de bienes raíces de la historia sólo con sus locaciones actuales, pero es claro que no puede garantizar la viabilidad de su negocio actual si Amazon logra socavar los hábitos de consumo y evitar que la gente considere desplazarse como una necesidad para adquirir sus bienes y servicios. Al mismo tiempo Amazon enfrente cada vez un problema más grande, evitar los escollos que Walmart ya ha superado por experiencia y viabilidad, la empresa de Seattle sólo ha visto el 5% de los problemas y, de alguna manera, estoy seguro que son lo suficientemente soberbios para creer que ese porcentaje les permite comprender el panorama completo. La realidad es que durante los próximos diez años veremos el desenlace de esta batalla y, quizá, valga recordar la última vez que tuvimos esta conversación en nuestro tiempo. Hace 20 años la gente discutía si el gigante Microsoft sería derrotado alguna vez por la renacida Apple. Hoy hemos visto a Microsoft convertirse en otra empresa y observamos como Apple se sostiene como la empresa más valiosa del mundo. Quiero pensar que alguien en Redmond hace algún tiempo pensó que esto se arreglaba a puños de dinero mientras alguien en Cupertino prometía que en realidad la batalla sería peleada en otra arena. ¿Tenemos alguna duda de como funcionó eso? No lo sé, quizá sería bueno que lo buscaran en su iPhone y me lo contarán después.

jueves, 15 de junio de 2017

20 cosas sobre el libro electrónico que no tienen sentido





1. Actualmente el 90% de las personas dedicadas al libro electrónico se dedican a resolver problemas técnicos o de servicio. La palabra estrategia es la gran ausente en las conversaciones sobre el futuro del formato. Una buena parte de los que trabajamos en esto somos espectadores con asientos de primera que asistimos para ser testigos de una inercia que cada día se asemeja más a hundirse y menos a navegar.

2. El libro electrónico duerme todas las noches con su peor enemigo. La resistencia a la transformación del libro proviene de la industria del libro. Los lectores han demostrado, más allá de toda duda razonable, estar más que dispuestos a consumir más libros siempre y cuando la vieja práctica de trasladar las deficiencias del actual modelo de negocio al consumidor final se termine.

3. El libro electrónico ha detenido su propio desarrollo por falta de inversión. El depredador dominante controla los tiempos de la transformación digital y somete al resto de los jugadores a su ritmo. El miedo es la sensación dominante en el presente y la piedra fundamental del futuro.

4. Los editores esperan que el libro electrónico fracase porque de alguna extraña manera esperan que la base crítica de lectores perdure inalterable.

5. El libro electrónico evidencio tres cosas que deberían generarnos mucha angustia: los editores no saben de libros, las editoriales procuran la contracción del mercado y, para vender libros, no hay que saber de libros.

6. Todavía no podemos hablar de libros electrónicos mejorados porque aún nos cuesta mucho trabajo hacer libros electrónicos simples.

7. La distribución del libro electrónico es cada día más difícil. Alguien está haciendo dinero con esto.

8. La democratización del libro proviene de la diversidad de los lectores, la diversidad de contenido sólo representa los intereses de las tiendas.

9. Han pasado 10 años desde el primer Kindle, los dispositivos no han mejorado casi nada desde entonces.

10. Los audiolibros no generan lectores, sumar esos números a la industria del libro es engañarse.

11. Los autores no han comprendido las posibilidades que el libro electrónico presenta. Los que no querían someterse a una editorial terminaron sometidos a una tienda.

12. El lector no está recibiendo nada nuevo con el libro electrónico. Las ventajas siguen siendo logísticas y no fundamentales.

13. La televisión entiende el valor del contenido, en un futuro no muy distante el volumen de narrativa se terminará de trasladar de la palabra a la imagen.

14. La industria editorial tiene muchísimos soldados, algunos oficiales y casi ningún general.

15. El modelo de la industria del libro en 2017 cada día se parece más al 100% de nada es mejor que el 10% de todo.

16.  El libro electrónico estaba diseñador para ser un movimiento plural pero se ha comportado como nicho desde el primer día.

17. Un autor que opina sobre el formato en que desea ser leído está más preocupado por las formas que por el fondo, eso suele notarse en lo que escribe también.

18. Leer se ha vuelto aburrido, ese es el problema fundamental.

19. Hacer un libro electrónico cada día es más simple pero venderlo cada día es más complicado.

20. La actitud de la industria del libro es puro pensamiento mágico.

martes, 16 de mayo de 2017

La poesía o los siete gatitos del meme aquel


La poesía es el gato de Schröedinger, hace mucho tiempo que no sabemos si está viva o muerta pero en realidad ninguna de las dos posibilidades significa diferencia. Durante muchos años hemos hablado de la poesía como ese objeto inamovible y presente que representa la magnificación de las ideas y los sentimientos en nuestra vida cotidiana. Recuerdo hace algunos años escuchar a un amigo decir “volveré a leer poesía cuando alguien pueda hacer un poema sobre la vida en una oficina”. De las muchas cosas que este amigo me dijo esta se quedó en mi mente y cada vez que la poesía como género sale a la conversación la uso. Es cierto, la poesía difícilmente es cotidiana.

Lo que resulta interesante de la poesía como objeto social es su continua manifestación en medios digitales. No pasa un día sin que los peores poemas del mundo aparezcan reducidos en aforismos memetizados en la red social de mi preferencia. Benedetti, Nervo, Girondo, Neruda, todos reducidos a sus versos más cursis, menos importantes y en algunos casos completamente apócrifos representan la supervivencia de la idea de poesía en el mundo moderno. En un sentido estricto estas son buenas noticias para el género, la poesía se presenta como una opción viable para comunicar sentimientos e ideas, compite sanamente con canciones, citas de película o aforismos puros en el catálogo social actual.

Sin embargo la poesía es un poco más que eso. Debería ser un poco más que eso. Últimamente también se ha convertido en el hogar de las formas menos estrictas (ironía) y más espontáneas de la literatura. Hace algunos años que la mayor parte de los escritores latinoamericanos empiezan escribiendo versos modernos y libres como ejercicio prematuro de lo que después serán narradores y ensayistas de largo aliento. La poesía es una puerta de entrada. Por otro lado esto ha traído consigo una separación cuasi social en el constructo social que representan los gremios de escritores. Los poetas que buscan irrumpir en la vida de los lectores de manera violenta y los poetas que buscan construir poéticas que perduren más allá del impacto iracundo de los primeros.

Los primeros se consideran digitales, los segundos se consideran análogos. Los dos asumen que la trinchera genera valor agregado a sus propuestas y posiblemente, a diferencia del pasado inmediato, es posible que tengan razón. La poesía se ha hecho de un lugar en las manifestaciones digitales, uno que genera cierto tipo de status quo, un poema que parece canción de cantautor de segunda tiene mejores posibilidades de pasar por cierto que una canción del mismo cantautor de segunda. Una verso con segundas intenciones siempre es más útil que una frase con segundas intenciones. El status quo alrededor de la idea de que algo es poesía inmediatamente amplía las posibilidades de quien lo escribe o lo publica. Así también un libro que se presenta en un foro clásico normalmente se considera más cercano a la literatura o la idea que la literatura representa. Si tiene portada y hojas de papel se genera un hálito romántico de importancia y trascendencia, como si el papel sobrevivieran a los bits. Un poemario tiene mejores posibilidades de ser leído que un MC sin importar que el MC probablemente sea mucho mejor que el libro en si. Sin embargo las dos trincheras generan algo importante, identificación de la audiencia. Normalmente el que va a una noche de open mic de poesía no se siente cómodo rodeado de libros de poesía y viceversa. En realidad el asunto con la poesía se parece mucho a elegir un equipo de futbol. Lo importante es la playera y el juego como quiera que sea va pasando.

¿De dónde viene esto? Hace unos días el colectivo de unos amigos míos (siempre hay que aclarar esto) sacaron su primer disco. Emails a Nigeria de Los Kikín Fonseca y el Gringo Castro. ¿Qué es? Un disco de poemas o un disco de música con poemas o unos poemas con música o unas canciones no muy bien cantadas o unos poemas con una música no muy buena, en realidad cualquiera de las variantes anteriores puede ser usada para describirlo. Pero lo más importante es que es un buen disco. Es un disco trabajado, cuidado, diseñado, ensayado y profesionalmente realizado. Es un híbrido en una época en que esta palabra se usa a la ligera. Es una propuesta y casi toda propuesta es valiente en este siglo.

No hablaré mucho más del disco, en realidad creo que deberían buscarlo y escucharlo, ambos bandos. Principalmente creo que deberían hacerlo porque es posiblemente el primer poemario que se distribuye a través de Spotify, Apple Music, Deezer y el resto de plataformas musicales. Esto permite que sea el primer poemario que se puede descargar y reproducir sin necesidad de cambiar de plataformas o bajar aplicaciones para hacerlo. Es un poemario que se inserta inmediatamente en el flujo actual de consumo de contenidos y eso, por si mismo, ya es algo que considerar. Actualmente la literatura sigue tratando de mantenerse como una trinchera, quién quiera leer tiene que venir a nuestro territorio y seguir las reglas de este territorio. Eso por si mismo limita mucho las opciones, sólo hay que considerar la cantidad de gente que publica cosas en Facebook con la sola intención de encontrarlo después, hoy la comodidad del usuario está por encima de la calidad del producto y eso es algo a tener en consideración todo el tiempo.

La poesía sobrevive a través de versos de segunda publicados en una plataforma de primera. Eso es cierto, mucho más cierto que las 20 personas que acuden a una presentación de libros o las 100 personas que acuden a un festival de poesía. En realidad la cantidad de gente que considera que Benedetti es un gran poeta es mucho más grande que la comunidad que ha leído a Ezra Pound. El problema del argumento en contra de esta desgracia poética es que en realidad es una crítica a la realidad y la realidad, cómo se ha demostrado a través de los años, le importa un pepino las críticas. No se somete a la opinión. Eso es lo que la hace realidad.



Lo que Emails a Nigeria demuestra, como objeto, es que resulta mucho más interesante competir con los versos malos en la misma trinchera que tomar la distancia que conviene a la pedantería y esperar que las audiencias se acerquen a los libros sustrayéndose de lo demás. Sumar es mucho más interesante que restar, conectar es mejor que aislar, hacer redes tiene mejores dividendos que privatizar comunidades. Es un disco, una manifestación, un poemario, un eso que hace algo que está muy bien. Quizá también es una muestra de la importancia que tiene diversificar en una era que se desdobla todo el tiempo. Digitalizar lo análogo no es destruir, es multiplicar. Sacar al gato de la caja, pues.

miércoles, 3 de mayo de 2017

La información nos está matando










Por defecto, todos pensamos que estamos en lo correcto. En But what if we’re wrong?, Chuck Klosterman, en uno de esos ensayos, se adentra en las posibilidades de los avances tecnológicos y nuestra relación con ellos. En cierto punto, Klosterman sentencia el tema con una intrincada propuesta “Ahora tenemos acceso a todos los hechos posibles. Lo que se parece mucho a no tener acceso a ninguno”. Es complicado pensar que el 2017 es un año de vasta ignorancia, de profundo desconocimiento, pensar que el siglo XXI se está convirtiendo en una época de cierto tipo de oscurantismo parece una afirmación estúpida. De hecho posiblemente lo sea. Sin embargo no podemos negar que ante el flujo constante de información se empieza a percibir un tipo de ceguera selectiva. Digámoslo, por ser gentiles, una incapacidad visual que si bien no es ceguera total (la ausencia de vista) si se parece mucho a moverse en un mundo de sombras y figuras poco definidas.


La hechos siempre están ahí, visibles, contundentes. Pero lentamente vamos descubriendo que la interpretación de los hechos adquiere un mayor peso conforme la capacidad de emitir opiniones públicamente se convierte en el parámetro con el que nos medimos frente a los demás. El primer gran golpe a las noticias, en cualquiera que sea su formato, fue la sobrepoblación de opiniones en las redes sociales. La editorialización, fortaleza intrínseca de los medios de comunicación, pasó de ser sagrada a ser reiterativa conforme la masa popular se acercó a las publicaciones digitales con menor o mayor fuerza. En un ejemplo cualquiera tenemos el hecho X, cuya naturaleza es pública y, hasta cierto punto, corroborada por su existencia pública en diversos medios que gozan o no de un valor específico en el ámbito de la credibilidad. La realidad es que esa X es una treta. En realidad se trata de la descripción que hace Y de lo que sabe de X. En el siglo pasado los Y eran pocos, casi todos resumidos a contratos laborales con instituciones privadas o publicadas encargadas de trasladar los hechos a noticias. Hoy hay muchos más Y que X. Lo cuál conlleva a la proliferación de X1, X2, X3 y así hasta el hartazgo. En pocas palabras hay un mar de opiniones sobre unas cuantas gotas de mar.

Siria es un país en guerra. Una guerra que es tan terrible y devastadora como las imágenes, opiniones, videos y audio nos permita conocer. ¿Es la guerra en Siria más violenta que la guerra en Vietnam? Suponemos que si. De hecho posiblemente podríamos sostener una conversación de bar a favor o en contra de ambas posibilidades. La realidad es que posiblemente la guerra en Siria no sea más violenta que la guerra en Vietnam y eso se debe, no a la naturaleza violenta del hecho, sino a la oscuridad con la que se peleó en Vietnam en contraparte con la visibilidad que tiene la guerra en Siria. Podríamos, sin lugar a dudas, medirla por bajas civiles, bajas militares, destrucción por metro cuadrado, armas utilizadas, duración del conflicto y cientos de hechos más. La realidad es que la percepción de la guerra en Siria es mucho más grande que la percepción de la guerra en Vietnam por no retroceder a Korea o Polonia. Lo que si podemos considerar cierto es que existen muchos más hechos sobre la guerra de Siria en tiempo real de los que en su momento se tuvieron de la guerra de Vietnam. ¿Eso de que sirve? Absolutamente de nada y eso tiene que ver con que la exposición prolongada a la no ficción conlleva al derramamiento continuo de nuestra sensibilidad social y humana. Saber más de la guerra en Siria hace que nos importe menos. Esto en contraparte con la guerra de Vietnam, cuyo constructo social dependía mucho más en la ficción y los rumores, nos hace reconocer que los seres humanos podemos imaginar cosas terribles y comprometernos para terminar con ellas, pero que esa intensidad desaparece ante la frialdad de la certeza.

La verdad nos hará libres pero lentamente parece que ser libre trae consigo una buena parte de apatía. Claro, empezar por hablar de una guerra hace que todo parezca mucho más blanco y negro de lo que en realidad es, la degradación de nuestro interés en las cosas que podemos corroborar no proviene de las desgarradoras imágenes de niños destrozados en Siria. De hecho proviene de lugares más simples, comunes y de menor trascendencia socio política. Los términos y condiciones de tus redes sociales son el primer hecho que estás dispuesto a dejar pasar para determinar tu relación con dichas redes. Los sitios de chismes y rumores son el primer paso que tomas para afirmar que en realidad lo que ocurre no te importa ni la mitad de lo que te importa lo que “podría estar ocurriendo”. Supongo que por eso nos genera tanto conflicto la estadística. Por principio y siguiendo la tradición de la teoría de la mano negra, asumimos que toda la estadística está manipulada por un ente oscuro para favorecer la interpretación de los hechos que más le conviene. Partiendo de esa premisa regresamos al tema en que la existencia de Y para interpretar X siempre demerita a X  y vuelve a Y sospechoso. ¿Quieres evitar una discusión seria sobre una industria? Genera suficientes estadísticas complementarias, contradictorias, fantasiosas o de procedencia dudosa y tendrás en tus manos el gran valor de la información del siglo XXI: la duda.

¿Se puede disipar una duda? Es posible, muy posible de hecho. Con la capacidad que tenemos para obtener, manipular, comparar y valorar información en esta época no se vuelve tan complicado acercarse lo más posible a la naturaleza misma de un hecho. Hoy se puede tener un dato y corroborarlo en dos o tres fuentes, verbalizarlo con algunos especialistas y contrastarlo con estadísticas y tendencias anteriores en tan solo unas horas. La razón principal por la que muy poca gente corrobora sistemáticamente la información proviene mucho más de la naturaleza actual de nuestra relación los hechos que de la falta de datos. Procesamos hechos del siglo XXI siguiendo la lógica del siglo XX. El criterio casi nunca avanza a la misma velocidad que las herramientas. Así es como podemos encontrarnos que alguien asume que un Y tiene toda la razón sobre un X, porque en nuestro espectro cultural y académico la fortaleza de la información proviene de su fiabilidad y de la idea locuaz que tenemos sobre “fuentes y orígenes de los datos”.  Entonces leemos que Y dice que X es falso porque hay un Z que lo afirma. Lo que ignoramos, o elegimos ignorar, es que existe una posibilidad de que ese Z tenga su propio Y que percibe X en otras circunstancias o valores. La democratización de la información también trae consigo la posibilidad de fundamentar en un laberinto lo que consideramos una autopista. Esto proviene de la consideración que hacemos de la información como un ejercicio lineal, del qué, quién y cuándo del siglo pasado hoy nos enfrentamos al para qué, por qué, como qué de nuestro tiempo. Las intenciones ocupan el lugar de las corroboraciones y eso, de alguna manera, está bien.

Para Klosterman lo más importante de nuestro tiempo no es encontrar la verdad, en realidad la propuesta desde donde deberíamos acercarnos a nuestra era es mucho más afin a la duda que a la veracidad. Pero la duda como deporte no es más que ignorancia disfrazada de criterio. Dudar de todo y por todo desde la comodidad de nuestro Y sobre nuestra X es renunciar a la responsabilidad que conlleva tener una opinión. Y quiero ser claro aquí, esto no se trata de tener o no la razón, ese pequeño objeto miserable y sobrevalorado, creo que más bien se trata de generar una línea directa entre los hechos, las consideraciones y nuestra opinión. Reconocer que no es importante si la guerra en Siria es más violenta que la guerra en Vietnam, o si Facebook es un censor o un espacio privado digital con reglas y limitaciones, es mucho más importante evitar que la gente siga considerando la guerra en Siria un asunto económico y no social, mucho más importante reconocer que Facebook no es un lugar donde ocurren cosas atroces, considerar que la estadística que observamos en esa bonita infografía posiblemente provenga de un origen dudoso pero que no es responsabilidad de quien hace la infografía determinarlo. Asumir que recibir hechos no nos libra de la posibilidad de que dichos hechos sean falsos y de las consecuencias que eso trae consigo.

Una noticia falsa sólo es tan grande como la gente que la comparte. Una estadística manipulada sólo es tan grande como la gente que cree en ella. Una afirmación solo es tan grande como la gente que cree en ella. La relación con los hechos se fortalece en la orilla de la información pero se debilita en la orilla de la gente, nos ahogamos en datos incomprensibles y dudosos. ¿Somos más ignorantes que nuestros padres? Supongo que no. Pero si es claro que somos más apáticos y no en la intensidad con la que vivimos nuestras vidas sino en la apatía con la que nos relacionamos con una situación tecnológicamente más favorable. Somos hombres de piedra jugando Candy Crush y de alguna manera nos enorgullecemos de ello. 

miércoles, 26 de abril de 2017

La próxima gran cosa


A últimas fechas el crecimiento de la publicidad en medios digitales se ha hecho evidente. Agencias, marcas, industrias giran hacía la pauta digital dejando de lado los medios tradicionales. Algunos gurús venden esta idea como una profunda transformación en los hábitos sociales, otros se vanaglorian de los esfuerzos de sus agencias para encontrar la creatividad correcta. Unos más hablan de la importancia que tienen los medios digitales en la vida diaria. Lo que sigo sin encontrar es quién simplemente hable de la migración, cada vez más definitiva, de las audiencias.

Durante mucho tiempo la televisión, la radio y los periódicos impresos gozaron del favor de las audiencias. Actualmente estos medios han visto caer sus ventas, sus impactos y sus usuarios en una espiral constante que genera optimismos desenfrenados cuando cruza por el norte y pesimismos suicidas cuando cruza por el sur. En los últimos diez años distintos medios se comenzaron a preguntar si la migración de las audiencias ocurría y si dicha migración llevaba consigo la autoridad moral de ser quien te dice qué y en donde comprar (Toc, toc, amigos del libro ¿les suena conocido el concepto?). En muchos casos los medios consintieron la idea de que compartirían las audiencias con medios digitales pero pusieron en duda si esos medios algún día tendrían líderes de opinión lo suficientemente sólidos para robarles la autoridad moral con la que fundaron su imperio en el siglo XX.

El crecimiento de la efectividad en la publicidad digital no proviene de la sagacidad de las agencias o marketeros modernos. Proviene de la ineludible realidad que trae consigo la innovación. Tarde o temprano pasas de joven rebelde a viejo obtuso. A fuerza de presencia, la publicidad en medios digitales se ha ido colocando como un objeto ineludible al tiempo que pasamos frente a una pantalla interactiva. La monopolización de las audiencias por parte de Facebook, Twitter, Snapchat, Youtube, Google, Netflix, Spotify, comienza lentamente a revalorar la posibilidad de que tarde o temprano alguien será susceptible a la influencia de la publicidad digital.

Pero lo que me parece particular de todo esto es que en realidad los grandes medios digitales encontraron en la estabilidad la respuesta a sus problemas. El día en que cada uno de los antes mencionados determinó su propia personalidad o bien abrazó la personalidad que le fue atribuida por sus usuarios comenzaron a madurar como medios que traían consigo una base considerable de posibles clientes. El día que Facebook asumió que sería el instrumento de conexión entre personas que supuestamente se conocen, el día que Twitter aceptó ser el vehículo de la inmediatez, que Youtube reconoció que era el rey de los 3 minutos de ocio y que Spotify se reconoció como el futuro de la radio las audiencias comenzaron a poner atención y dejaron de considerar estos medios como un elemento fugaz en la veloz e impredecible internet.

La idea de la “próxima gran cosa” constituía medios inestables, medios inestables traían consigo medidas poco fiables y las medición falible trajo consigo nerviosismo por parte de los anunciantes y agencias. La televisión siempre fue televisión, la radio siempre fue radio y los medios impresos siempre fueron impresos. Esa estabilidad permitía proponer esfuerzos de mediano y largo aliento que trajeran consigo resultados regulares a los anunciantes. Era fácil de vender y fácil de observar aunque las mediciones siempre fueran un asunto bastante arcaico y obsoleto. Sólo hay que observar el ejemplo de Nielsen e Ibope. Hoy la “próxima gran cosa” se ve complicada, los espacios están reducidos y las audiencias comienzan a desarrollar cierto tipo de fidelidad por los digital ventures. La identidad que un usuario construye con su medio es en mucho sentido la base más importante de la publicidad. Si A dice que compre X eso garantiza que X es fiable porque A es serio. Por eso el día que los productos milagro empezaron a llenar la pauta en televisión los medios digitales vieron su ventana de oportunidad y empezaron a trabajar en construir o aceptar esa identidad de “autoridad moral” que es tan atractiva para las marcas.

El índice de publicidad basura, anuncios truchos y demás joyas que trajo consigo la publicidad en medios tradicionales se encontrará muy pronto, más o menos en la misma proporción, en los medios digitales. Más o menos la misma cantidad de agencias, publicistas y marketeros sobrevivirá en el futuro digital, probando una vez más que vender no se trata de ser creativo, vender se trata de estar donde la gente se hace susceptible a tu mensaje. Hoy la tendencia parece irreversible, es más, vamos a dejarnos de tibiezas, la tendencia es irreversible. Las televisoras se transforman, los periódicos dejan de imprimir y la radio se convierte en el paraíso de las noticias. Algunos fueron listos y utilizaron estos diez años para explorar el mercado digital y seguro encontrarán su lugar, otros compraron los balbuceos de los gurús y hoy consideran reestructuraciones y diversificación como su futuro. 



Lo único que trae consigo esta transformación es que la diversidad de medios digitales no va a la baja. A pesar de que será difícil encontrar la “próxima gran cosa” es cierto que internet es un terreno mucho más susceptible al cambio que los medios tradicionales. También hay un nuevo factor importante que se llama “estadística” donde casi todos los medios digitales ofrecen a los anunciantes y agencias herramientas (más o menos precisas) para entender el alcance de sus inversiones. Muchas de estas “estadísticas” pueden ser modificadas o presentadas de distintas maneras según lo que se quiera vender, pero la realidad es que el simple hecho de que estos datos existan en un dashboard visible para el cliente cambia la situación de los departamentos de marketing. Si es que asumimos que los departamentos de marketing tiene alguna tendencia a cambiar y no prolongarse como un montón de pájaros en el cableado de la ciudad viendo como las migajas caen y no caen.

Lo único que vale la pena entender de todo esta situación actual es la posibilidad que esta transformación trae consigo, así como hace 10 años debimos empezar a explorar el futuro de los medios digitales hoy es importante empezar a explorar el futuro de las audiencias digitales. Entender que los espacios de atención, consideración, relevancia, lealtad y compra irán cambiando conforme la estabilidad de los medios cambie, estar preparado para un futuro más rápido, menos dócil, sin olvidar que un poco de calma a veces está bien. A veces.

miércoles, 19 de abril de 2017

Pepe Grillo y el Adaptador eléctrico




“Confidence is ignorance. If you're feeling cocky, it's 
because there's something you don't know.”
Eoin Colfer, Artemis Fowl


El mundo del libro se divide esencialmente en dos tipos de tropa. La primera sostiene todo en su lugar y evita el desplazamiento que podría traer consigo algún alud vertiginoso que genere algún tipo de cambio. La segunda tropa elige, casi anualmente, una serie de “cisnes negros” que cimbrarán a la primera tropa y nos someterá al raudo y enérgico látigo del cambio.

Lo más gracioso sobre la existencia de estas dos tropas es que normalmente utilizan el mismo armamento, los mimos vehículos y hasta los rangos. Son el mismo ejército, pues. Después de pasar algunos años viajando por el mundo, persiguiendo el Santo Grial del libro, llegué a un par de muy sanas conclusiones: uno, jamás uses el roaming de tus datos y dos, siempre averigua si necesitas un adaptador para los tomacorrientes de cualquier lugar que visites. En realidad todo lo demás que aprendí en esos viajes es secundario y si me toman las prisas, está subordinado a estos dos grandes aprendizajes.

La realidad es que por muy modernos que vamos cada país tiene sus propias reglas en términos de comunicaciones y se deben respetar, a riesgo de volver a casa y encontrarse una factura que supere el costo del avión y hospedaje del viaje anterior. ¿La solución? Simple. Aterrizas, buscas un lugar donde te vendan un chip local, pagas una cantidad de dinero que casi nunca supera el costo que tendría en México y cuando enciendes el teléfono le dices al Whatsapp que quieres conservar tu número local.  Simple y llanamente tienes un teléfono económico, normalmente con datos y mantienes el 85% de tu comunicación diaria. Porque si su comunicación diaria pasa más del 15% por afuera del Whatsapp algo están haciendo mal. ¿Cuál es la lección? En cualquier situación lo más importante es reconocer las reglas locales antes de tratar de implementar soluciones que puedan alterar el ecosistema.  Si lo quieren en términos más librescos es más simple, una librería tiene que tener libros a la venta y todo lo demás es puro adorno.

¿A qué viene esto? Últimamente han empezado a proliferar las librerías de segunda mano. Sobre todo en el mercado europeo han encontrado la manera de revalorar libros usados para reinsertarlos a un mercado que no depende única y exclusivamente de la nostalgia o el coleccionismo. En Latinoamérica las librerías de  “viejo” llevan años ocupando un espacio interesante en el mercado, hay calles completas de este tipo de locales que se consideran guaridas de piratas donde se reservan grandes tesoros para aquel con el tiempo y la paciencia para encontrarlos.  Estas librerías normalmente compran por volumen librerías de gente que muere o que ya no tiene suficiente espacio y después los colocan a la venta a precios aleatorios pero casi siempre lo suficientemente pequeños para ser asequibles y atractivos. En mi caso recuerdo que si no hubiera sido por estas librerías me hubiera perdido “El Cuarteto de Alejandría” que pasó más de diez años agotado en librerías sin que se reeditara o reimprimiera. Así miles de lectores en los países de América Latina generaron un vínculo con las librerías de viejo, con el tiempo una buena parte de estos lectores empezaron a tener ingresos de otro tipo y reservaron sus viajes a estos templos del polvo y papel para encontrar ediciones especiales o rarezas fuera de circulación.

Ahora bien, alguien tuvo la ocurrencia de que si pones esos libros en mejores locales, con mejor iluminación, atención y hasta un poco de marketing directo podrías revalorar un negocio que hasta ahora parecía destinado al oscurantismo. ¿Lo sorprendente?  Funciona. ¿Por qué? Porque son libros en una librería y están baratos. ¿Lo ilógico? Hay un segmento de la industria ofendido por la ocurrencia de poner a circular estos libros otra vez en competencia con las novedades y fondos editoriales recientes. ¿Lo ridículo? Una industria que lleva colgada de la nostalgia del papel para justificar su reticencia al cambio tecnológico ahora se ofende porque alguien más nostálgico quiere un pedazo del pastel. En pocas palabras, alguien usó su roaming de datos y ahora llama furioso a la compañía telefónica para que le expliquen porqué tiene que pagar el costo de un auto pequeño por usar su teléfono en otro país. Peculiar el caso, pues.

Ahora, el segundo caso que quiero tratar es todavía más extraño porque me recuerda a la forma de alimentación que tienen las vacas. Los bovinos no mastican y tragan, como nosotros. Los bovinos mastican, vuelven a masticar, le dan una masticada y después lo tragan. Regurgitan en pocas palabras. Una de las cosas más ridículas que existen en el siglo XXI, junto con la diferencia entre los sistemas de medidas, es la tropicalización de los tomacorrientes. ¿Qué quiere decir? Simple, un tomacorrientes en México no es igual a uno en Argentina y tampoco es igual que uno en España. Si tratas de conectar el cargador trifásico de tu MacBook en Buenos Aires te quedarás intentando, al igual que en Madrid, Roma o Brisbane. En realidad si viajas a estos lugares o vienes de estos lugares tienes que comprar un adaptador eléctrico que te permita conectar tus aparatos. Siendo honestos esta tiene que ser una de las tres ideas más estúpidas en la historia de la humanidad, quizá sólo superada por la venta de cerveza en estadios de fútbol o la libre portación de armas en Estados Unidos.

La lógica detrás de semejante estupidez me es desconocida, supongo que proviene de alguna época donde algún sentido de identidad nacional se podía expresar en fastidiarle la vida a la gente que viaja. El precio de ser turista supongo. Lo que realmente me sorprende es la cantidad de empresas que seguramente viven de vender estos adaptadores, porque déjeme decirle, en ningún lugar son baratos. He llegado a pagar 20 euros por un pedazo de plástico que reacomoda las pijas de mis aparatos para poder enchufarlos. Genios, sin duda.



El asunto aquí tiene un factor económico que si bien no cambia el futuro de las tasas de interés si genera un sobre precio absurdo en la producción de aparatos eléctricos para los distintos lugares del mundo. Un fabricante de microondas que aspira a ser global, y si no aspira a ser global en realidad creo que nunca le compraría un microondas, tiene que invertir en clavijas independientes para cada uno de estos lugares; peor aún, si la demanda en alguno de estos sitios supera la de otros no puede mover libremente el electrodoméstico sin tener que hacer el cambio de clavija. Es decir sus propios inventarios están limitados por la existencia de una limitante que no tiene ningún sentido. Supongo que si compites en el mercador de electrodomésticos los centavos que puede costarte hacer el cambio y su posterior certificación a la larga deben generar un conflicto financiero de mediano tamaño para el fabricante. Pero pues el asunto es así, si quieres vender en Sudamérica lavadoras mexicanas tienes que cambiar la maldita clavija y no hay una sola cosa que puedas hacer con eso.

Lo mismo me ocurre con la idea, proliferante y más usada que un par de zapatos favoritos, de los audiolibros. Específicamente con la idea de que los audiolibros son una solución para la caída de ventas de libros a nivel mundial. Por principio analicemos algunos de los problemas del libro que se sólo se multiplican si consideramos el tránsito a los audiolibros. Por principio los presupuestos para la producción de los libros no hacen sino bajar. Cada día son más las editoriales que buscan papeles más baratos, cartulinas chinas, inversiones de marketing globales y no particulares, cada día hay menos correctores, lectores, revisores, diseñadores, maquetadores, dibujantes, editores y vendedores involucrados en la creación de un libro. Si bien la tecnología ha ido disminuyendo estos costos aún así los editores saben que encontrar el punto de equilibrio cada día se parece más a que te cueste menos hacerlo que a venderlo más.

También es conocido el problema de la “tropicalización” cada día los lectores exigen que más que los libros estén tropicalizados a su forma de hablar y expresarse, el famoso problema de las tías y las pollas que en Madrid no se entiende pero que es una queja generalizada de este lado del charco. Este fenómeno no sólo ocurre en esta relación, también los lectores estadounidenses se niegan cada día más a encontrar libros escritos por británicos que no han sido sometidos a un tratamiento estético por parte de los editores locales. Este es un problema que si bien escrito es incómodo hay que reconocer que fonéticamente hablando es insoportable y en muchos casos ilegible. Actualmente una buena parte de las series, caricaturas, películas y programas que se producen en el mundo encuentran complicaciones para moverse en el mercado hispano por los continuos costos de doblaje, producción y montaje. Hay casos célebres (el último quizá una película sobre Yu-Gi-Oh) en los que los fanáticos de alguna caricatura tratan de boicotear la exhibición de algún ejemplo de la misma que no cuenta con las voces “originales” que provienen del doblaje. En fin, la tropicalización es un problema específico que se manifiesta mucho más en los mercados más jóvenes de lo que se manifestaba en los segmentos más maduros (por no decir viejos) del mercado.

Hacer un audiolibro es costoso, hacerlo bien al menos. Para esto se requiere un “adaptador” que esté familiarizado con la obra que se va a grabar, un director, un productor, un editor, al menos un locutor, horas de estudio, horas de postproducción y finalmente la comercialización que no es cosa fácil porque aún ahora los audiolibros tienden a ser archivos pesados y difíciles de mover. Esto es sólo para generar un producto terminado, después hay que esperar a que dicho producto terminado reciba suficiente promoción, distribución y que al final la gente que está dispuesta a comprarlo pague el precio final. Hagamos un ejercicio simple, Infinite Jest de David Foster Wallace cuesta 45 usd en Audible (servicio de Amazon para audiolibros), 23 usd en edición de papel y 9 usd en edición de Kindle. Probablemente se deba al volumen de la obra, veamos pues otro caso, Inferno de Dan Brown tiene un costo de 21 usd en audiolibro,  8.50 usd en papel y 7.70 en edición Kindle. La primera pregunta en este caso será, ¿por qué tomar Amazon como punto de referencia? Bueno, esto es simple, Amazon es el único servicio que actualmente garantiza la calidad de sus audiolibros y que tiene un sistema viable (por suscripción) para poder acceder a este contenido, así también es el único que tiene el libro en físico y en una edición digital igualmente garantizada en su calidad contra una política más que adecuada por devolución.

Los audiolibros son el lujo en el mercado del libro. Actualmente el costo de uno es casi el triple y, a diferencia de un libro digital o en papel, tiene el problema de un locutor que puede no ser profesional, un anotador que puede no haber hecho bien su trabajo y un productor que puede estar experimentando en este segmento y que nos dejaría con un producto derivado de segunda sobre una obra de primera que hemos pagado como si fuera hecho de oro macizo. Un riesgo incontrolable para los lectores actualmente. Ahora bien, si hay un lugar en el mundo donde los audiolibros funcionan este tendría que ser el mercado sajón, ya quisiera yo ver a un mexicano escuchando de pollas, un argentino escuchando de chingones, un chileno escuchando de pibes y un español tratando de entender un hueón en la pura y llana fonética de un locutor que por muy profesional que pueda ser tendría que adherirse a la verbalización de una palabra que puede resultar menos agresiva de manera escrita.

Es complejo, supongo, seguir buscando respuestas a una pregunta lúgubre. Pero me queda claro que ni la industria de los electrodomésticos apuesta por los adaptadores eléctricos, ni los usuarios de datos en móviles se hacen a la idea de pagar los costos de roaming por el esto de sus vidas. Entonces pues, ¿por qué la tropa del libro sigue intentando sacar agua de las piedras? No lo sé, pero seguro podríamos ocupar nuestro tiempo haciendo algo mejor.



jueves, 30 de marzo de 2017

No es porno, idiota


Si tenemos que definir la palabra más importante de la primera década del siglo XXI esta tendría que ser: patentes. Las patentes, el conjunto de derechos exclusivos concedidos por un estado a un inventor sobre la comercialización de su invención,  son el fundamento de las economías más importantes del mundo. Son de hecho las patentes el verdadero divisor del primer y el tercer mundo, lo sé porque escribo esto desde el tercer mundo y a mi alrededor no hay nada que no esté patentado por una empresa surgida en el primero. Cigarrillos, encendedor de gasolina, bicicleta de velocidades, vaso de café, mochila, cenicero, mesas, sillas, ordenador, smartwatch, smartphone, absolutamente todo esto tiene una patente y esa patente no se registró en mi país. 

Las patentes fundaron países, hasta que los países les quedaron pequeños a los dueños de las patentes y entonces empezaron a fundar imperios. Si hacemos una excepción con China, porque siempre hay que hacer excepciones con China porque son muchos chinos y sólo ellos podrían poblar un planeta, las empresas más relevantes del mundo tienen una sola cosa en común: patentes. Lego, Google, Apple, BMW, Roche, Hewlett Packard, forman una lista diversa en el objeto final de su negocio pero mantienen la estirpe de las patentes como su fortaleza más grande. Cuándo Google compró a Motorola no estaba comprando un fabricante de hardware, estaba comprando un portafolio de patentes que le permitiera dirimir sus diferencias legales con Apple.

Durante años la guerra de patentes fue ignorada por los analistas económicos, centrados en las viejas bases del comercio donde el que tuviera el producto mejor distribuido y la fuerza de ventas mejor capacitada, se ignoró la importancia del derecho a fabricar, construir, crear nuevos productos que no infringieran el derecho de alguien más. Durante años las empresas más relevantes se dedicaron a comprar, vender, adquirir, desaparecer, ignorar, guardar patentes que les permitirían en el futuro no tan lejano convertirse en verdaderos gigantes corporativos. Apple, Google y Microsoft tienen años peleando en las cortes el derecho de uno u otro a usar tecnología patentada. Ante cualquier duda escriba patente, Google, Apple en su computadora Apple que usará el buscador de Google y vea la cantidad de resultados sobre dichas demandas.


Actualmente el intercambio de pagos sobre patentes entre las empresas de software y hardware en el mundo supera en algunos casos la venta directa de sus propios productos en una buena parte de las empresas dueñas de dichas patentes. Sobran los estudios sobre el problema ético del uso y compra de patentes en el mundo, pero esto es porque sobran los estudios sobre la ética en cualquier cosa que tenga que ver con este nuevo imperio llamado “Corporativismo”.


Hoy en día la palabra “pendiente de patente” aparece en miles de productos que salen al mercado. Esto no se debe a la inexperiencia de los departamentos legales de estas empresas, al contrario, están pendientes porque sus solicitudes necesitan ser analizadas cuidadosamente por los que otorgan las patentes para evitar que ideas tan básicas como “juguete para perro” queden patentadas por un particular generando que cualquiera que use un palo para jugar con su perro en el parque se vea demandado en un futuro inmediato. El sistema de patentes en el mundo se ha convertido en el Beirut de las corporaciones, demandas, contrademandas, solicitudes, suspensiones, todo tipo de acciones legales giran alrededor de este universo. En pocas palabras, hay abogados porque siempre habrá demandas.

Pero las patentes vencen y cuando una patente vence esa tecnología puede ser usada libremente sin tener que negociar con el dueño de la patente. Es importante aclarar aquí que la parte fundamental de este sistema no es pagar por la patente que vas a utilizar, en realidad se trata de exclusión financiera donde el dueño de un derecho le pone un precio inaccesible a su derecho para que nadie pueda usarlo. Esto se llama exclusividad y la exclusividad es posiblemente la piedra angular de los imperios corporativos. Hace un par de años se inicio una de las guerras de patentes más importantes para la vida ordinaria de la clase media en el mundo. La patente para las cápsulas de café venció y el imperio de Nestlé en ese mercado empezó a tambalearse. Súbitamente toda cafetera que trabaje con cápsulas se convirtió en una herramienta pública dejando de lado la relación monógama que antes mantenía con su fabricante. ¿En otras palabras?  El consumidor podía elegir el insumo basado en su calidad y no en una relación comercialmente limitada por el dueño de la patente de las cápsulas. ¡Eureka, tierra a la vista!

Si bien antes existían cafeteras para cápsulas de X, con cápsulas fabricadas por X, rellenas del café exclusivo de X, súbitamente el vencimiento de la patente generó la creación de la industria de las cafeteras de cápsulas, de los fabricantes de cápsulas y, en algunos casos, los cosechadores de café también pueden entrar al negocio de estas maquinitas. No hay que olvidar que X ganó miles de millones de dólares durante años gracias a su patente. No hay que olvidar que sin esos miles de millones como incentivo probablemente no tendríamos la mitad de los desarrollos tecnológicos que hay hoy en día. Pero lo más importante que no podemos olvidar es que la exclusividad monopoliza la economía y desincentiva la aceleración tecnológica.

La guerra de las cápsulas de café parece no ser importante para la gran visión del mundo así que saltemos a un tema más al alcance de la mano. En 2002 y ante el auge de la alta definición en los contenidos audiovisuales, Sony lanzó al mercado el Bluray. Casi al mismo tiempo Toshiba decidió lanzar el HD-DVD. En realidad ambos formatos físicos cubren la misma necesidad, pero el formato ganador de esta batalla traería miles de millones de dólares a la empresa que lograra imponerse. No era esta la primera batalla por el formato de audiovisuales caseros, años antes se enfrentaron Betamax y VHS por el reino de las películas para ver en casa.

La batalla entre Bluray y HD-DVD fue la primera transmitida en tiempo real gracias a internet, durante meses se discutió en foros y chats sobre la posible victoria de uno y de otro, en realidad era un partido de futbol que fue jugado en la mente de los aficionados. Con las baterías de las consolas de videojuegos, Playstation con el Bluray y Xbox con el HD-DVD, puestas a disposición de la discusión se lanzaron argumentos a favor y en contra de cada uno de los formatos. Ingenuamente los interesados pensaron que tenían alguna influencia en la decisión final, pensaron que si esa discusión se hubiera tenido en los 80’s habrían podido salvar a Betamax  o acelerar el imperio de VHS. Estaban equivocados, las batallas por los formatos de consumo de audiovisuales se libraba en bodegones en Los Ángeles donde el jugador más importante mantiene un imperio en la oscuridad y la legalidad: el porno.

El mayor consumo de formatos físicos para audiovisuales no estaba en manos de Hollywood o de las consolas de videojuegos, en realidad el rey de estos formatos es la industria del Porno que aún no veía en el internet a su peor enemigo. A diferencia de lo que se pueda contar en algunos medios, la batalla no se ganó cuando Playstation instituyó el Bluray o cuando los estudios más importantes de Hollywood lo adoptaron, la batalla se decidió cuando la industria del porno decidió tomar este formato y hacerlo un estándar en su distribución. Es extraño pensarlo, pero si se le suma que el 30% aproximado del tráfico en internet va a parar a sitios de porno gratuito se ve la conexión más clara entre la importancia del contenido y el formato.

Las patentes generan exclusividad, la exclusividad se interpreta a través de formatos y los formatos son un enorme dolor glandular en los usuarios porque cifran la batalla en los impedimentos y no en la calidad del producto que se desea consumir. Hay cientos de batallas de este tipo ocurriendo a nuestro alrededor todo el tiempo: flash vs html5, mp3 vs acc, Windows vs Linux y así hasta el cansancio. Tras la era de las herramientas (Siglo XX) llegó la era de los contenidos (Siglo XXI). En un mundo ideal se podría escuchar una canción de iTunes en cualquier reproductor de música, se podría jugar un juego de la Xbox o de la Play en cualquiera de las dos consolas, HD-DVD y Bluray hubieran tenido que ser compatibles, gasolina o diesel sería una elección del usuario pero la realidad es que en este mundo corporativo el valor está en exprimir la exclusividad hasta el hartazgo y después enterrar la innovación cuando por fin está en manos del usuario. Lo más curioso de esta situación es que su principal afectado es al mismo tiempo la única fuente de ingresos de esta situación.  Si la gente hubiera decidido no comprar teléfonos celulares a ninguna compañía que los vendiera bloqueados para usarse con un competidor esa política hubiera cambiado inmediatamente.  Tomemos el iPhone como ejemplo, Apple entendió rápidamente que para traer usuarios a su verdadera base financiera, la venta de contenido, tenía que permitirle a los usuarios cambiar de operador telefónico a su placer. Por eso los iPhones están en las tiendas de Apple, no es un asunto de márgenes en retail, es una declaración de principios desde Cupertino para aclararle a las grandes compañías de comunicación que su tiempo ha pasado.

Desafortunadamente la industria del libro no sabía nada de esto, el libro es tan viejo que no había ninguna patente trascendente sobre su fabricación, edición o distribución y cuando el cambio de formatos llegó nadie supo qué había que proteger. La verdadera incomodidad del mundo del libro electrónico no proviene del intercambio de formatos, las editoriales no tienen ningún interés entre el formato físico y digital o al menos no debería tenerlo. Lo que realmente genera disgusto en la industria editorial es que los formatos digitales no le pertenecen y que al no tener injerencia alguna en ellos se desequilibra la balanza.

Amazon no lanzó el Kindle buscando dominar el mercado de dispositivos, el negocio del hardware por si mismo no le sirve a nadie, si hay dudas sobre esto sólo hay que mirar al Reader de Sony que tecnológicamente era superior pero cometía el mismo error que Sony lleva años cometiendo, no comprometía el contenido al dispositivo. Amazon lanzó una herramienta para justificar la existencia de su formato, la costeo y la vendió con márgenes ridículos para garantizar la relación entre su formato y su dispositivo. El Kindle no es un eReader, el Kindle es un contrato entre el lector y Amazon que garantiza el negocio de la transnacional al coste de la experiencia del usuario. Aquí vale la pena hacer un paréntesis, hay que reconocer que Amazon se tomó la molestia de generar un gran contrato, el mejor contrato posible si se está en la búsqueda de este tipo de relación.

Amazon no “pierde dinero” con cada Kindle. Amazon apuesta a que el contrato entre el usuario y su empresa será duradero y que a la larga compensará el margen que no obtienen del hardware que representa dicho contrato. Las editoriales, algunas antes y otras después,  súbitamente descubrieron que ese contrato originalmente era suyo y que aunque no se sustentaba en la exclusividad garantizaba que la infraestructura que habían creado en sus empresas les aseguraba mantenerse en el juego a largo plazo. Mientras hubiera papel el campo de juego era la inversión, el que tenía más dinero podía asegurarse la mayor parte del mercado. Si el papel no el contrato queda invalidado y el campo de juego se convierte en otra cosa, un poco más compleja, pero en realidad mucho menos amigable a la participación de distintos jugadores.

La batalla del cambio de paradigma del libro no es una que tenga que ver con el papel o digital. Es una batalla por la patria potestad del contrato con el consumidor. Es una batalla por la supervivencia de enormes compañías que desarrollaron una infraestructura que súbitamente parecía intrascendente, para algunos como yo aún lo parece. La oposición de los grupos editoriales a la transformación de los formatos no proviene del romanticismo, experiencia, o inteligencia de negocios, en realidad hacer libros electrónicos no representa ningún problema para los grandes grupos. Lo que estos editores se niegan a ver suceder es que su negocio caiga en otras manos y que en un futuro no tan lejano terminen ganando mucho menos dinero del que sus dueños, inversionistas, accionistas o demás exijan de ellos.  En pocas palabras, los dueños de las inmobiliarias se niegan a ser reducidos a simples albañiles.

Los fanáticos de la autoedición, nuevo evangelio que pasa de prohibido a recurrido,  enarbolan la bandera de la democratización de la cultura. Con las nuevas reglas de juego parece que los verdaderos beneficiados serán los autores no publicados que no tendrán que recurrir más a las “malignas” editoriales que se niegan a reconocer su talento. Recuerdo que alguna vez un jugador de ajedrez me dijo: “el secreto del ajedrez es lograr que los peones se sientan alfiles”. Estos evangelistas normalmente provienen de la misma industria editorial y aunque sienten haber brincado al barco de los innovadores no se percatan que en realidad están haciendo el trabajo más sucio de todos los que existen hoy en día, son los conejillos de indias de este nuevo contrato entre lectores y libros. Primero y antes que nada hay que recordar que ninguno de estos evangelistas inventó la idea de la autoedición, esta existe desde hace mucho tiempo y en su momento se vio impedida por la existencia del contrato previo en manos de las editoriales. Podías autoeditarte, podías hasta distribuir, en algunos momentos hasta podrías encontrar el reconocimiento y la audiencia con ellos, pero al final si hacías todo ese trabajo una editorial constituida terminaba absorbiéndote o destruyéndote. ¿Les suena conocido? El eco es la representación auditiva de un sonido que hace mucho tiempo ya no está ahí.

Así como vender Iphones desbloqueados no fue un movimiento ingenuo por parte de Apple, abrir la autoedición digital no es una democratización de Amazon. Es una cláusula más en el contrato y esa cláusula busca mandar un mensaje muy claro a los grupos editoriales: ya no son necesarios. Podríamos discutir números de ventas, participación de mercado y otros instrumentos del siglo pasado para medir la relevancia de un fenómeno como KDP y sus múltiples clones, pero la realidad es que Amazon una vez más no está pensando en esos términos, Amazon piensa en que ese contrato necesita fortalecerse y que KDP es una cláusula que los beneficia y a la vez debilita a su competencia.  El gran panorama de estas empresas no incluye la venta de productos, para ellos la venta de estos productos es la manera ideal para disfrazar el control que a largo plazo pueden mantener sobre el consumo. Porque el consumo es el gran juego.

Uno de los futuros del libro, no porque parezca ser el más viable se puede desechar la idea de que es solo uno de los, no incluye eReaders o editoriales, no incluye librerías o autores que vendan millones de copias. Este futuro sólo incluye una relación estable y duradera con el comprador de libros, con su información y sus hábitos, con sus preferencias y opiniones. ¿Cuántas cláusulas más se agregarán a ese contrato? ¿Quién será finalmente el dueño de ese contrato? Son preguntas que se irán resolviendo a la larga, tan larga como el brazo de los antiguos dueños del contrato alcance a $er. Pero el verdadero cambio de paradigma en el libro ya ocurrió, es pasado escrito y sería mejor procurar dedicarnos a entenderlo, porque si no lo entendemos no podremos formar parte de él y lo dejaremos en manos de otros que no tienen ningún interés en la supervivencia del libro como vehículo de información y/o entretenimiento. Porque quedaremos fuera del contrato y posiblemente no podamos conservar nuestro trabajo ni como albañiles. Hay una posibilidad real de que la industria actual del libro no tenga más injerencia en el libro futuro que ser el cargador de piedras que le permite otro albañil construir para esas inmobiliarias que cobrarán millones por las propiedades finales.

Ya cometimos el gran error y pensar que aún existe una batalla por la decisión final en este paradigma es engañarse hasta el punto del absurdo. Pensar que la discusión se centra en los formatos o en la supervivencia del libro como objeto físico es permitir que los dueños de las nuevas patentes nos expulsen lenta y dolorosamente, porque así conviene a sus intereses, de nuestro propio hogar. Cualquiera que piense que el escritor X no puede prescindir de su jugoso contrato con Y editorial está invirtiendo en Betamax en el 2016. Así también cualquiera que piense que la autoedición es un bastión de resistencia contra el cambio de paradigma es un albañil con oficina. Porque la guerra de formatos se decide en otros bodegones, porque nuestra relevancia se extingue todos los días, porque es un problema general de la industria del libro. En fin, porque no es porno, idiota. 




*** Este texto se publicó en el número 30 de la revista Texturas